LA CARIDAD

La realización o no realización efectiva de obras caritativas, constituye un test muy interesante, que permite juzgar la validez de la espiritualidad profesada por algunos.

En efecto, existen personas que se considera como evolucionadas espiritualmente porque han leído múltiples obras y practicado un conjunto de disciplinas contemplativas; pero si se les propone ayudar a la gente necesitada, si debe tocarse su cartera, se escabullen siempre justificándose con diversos argumentos.

Los argumentos importan poco, pues el mental es suficientemente hábil para justificar o excusar lo que sea. Lo que cuenta son los hechos, y los hechos son los siguientes: Estas personas no aportan ninguna ayuda caritativa al prójimo. Además, solicitados de hacerlo, como lo son por ejemplo en este texto, rechazan pasar a la acción concreta.

Observar las reacciones de vuestro mental al leer esto que escribimos. Si no practicáis ninguna beneficencia activa, si delante de esta orden terminante: “Sed caritativos”, sentís una oscura resistencia, un rechazo obstinado y deliberado, dispuesto a utilizar diversos argumentos para justificarse. Si sentís eso, podéis inquietaros sobre la validez de vuestra espiritualidad.

La repulsa de ser concretamente caritativo prueba que el núcleo de vuestro ego permanece bien sólido; y en este caso toda realización espiritual permanece aleatoria.

El ego adora las espiritualidades decorativas, que permiten con poco esfuerzo darse una buena opinión de él mismo.

El mental puede jugar con todo un conjunto de nociones espirituales. Cultivando la expresión mental de estas nociones, se dará la ilusión de estar espiritualmente muy evolucionado. Amará a todos los hombres, sentirá su unidad con ellos y con el cosmos. Pero si se le propone ayudar concretamente al prójimo, eso no le interesa.

Así la caridad activa constituye una dificultad imprevista, que nos permite juzgar la validez de ciertas bellas declaraciones, pensamientos o sentimientos. Si rechazáis a traducir en actos lo que pretendéis sentir, eso prueba indudablemente que lo que sentís no es auténtico. Se trata de una falsificación del ego.

Si sentís una resistencia interior, si existe en vosotros algo que rechace el sacrificar tiempo y dinero para ayudar a los desheredados, analizad lúcidamente la naturaleza de esta resistencia, observadla cuando se manifieste y descubriréis en el fondo del mental un egoísmo profundo y visceral.

En el caso en que hayáis comprendido que la realización espiritual necesita el borrar las estructuras egóticas; en adelante sabéis que la caridad concreta es una ayuda preciosa en el camino de la realización.

Tal forma de hablar de la caridad puede parecer paradójicamente egoísta. Pero es voluntariamente que la preferimos, pues el ego igualmente puede hincharse con una facilidad grandilocuente sobre el tema: “Soy generoso, ayudo a los otros”. De hecho esto se trata de otro tipo de trampa.

El egoísmo es la manifestación de un ego cerrado, replegado en sí mismo. El altruismo es la manifestación de un ego hinchado, radiante, fariseo. Ciertamente preferimos los egos altruistas a los egos egoístas, pero nuestra meta reside en borrar el ego. Las redundancias altruistas no tienen ninguna relación con borrar el ego. Ella fortifica el ego con el mismo tratamiento que el egoísmo, aunque de una manera inversa.

Por eso os decimos: “Abandonad el egoísmo y abandonad el altruismo”.

Impedir al ego el repliegue sobre sí mismo y la conservación de la avaricia. Pero impedir igualmente la hinchazón orgullosa del que se dice y se prueba a él mismo, que es generoso y altruista.

Si decís: “Yo practico la caridad para romper mi ego”; tenéis una justa visión de las cosas. Sabiendo que todo bien que se hace a los otros, es una bendición que cae sobre nosotros. No somos egoístas, ya que nos damos, y no caemos en la trampa de las teorías y los sentimientos altruistas.

Tal actitud será válida durante tanto tiempo como vuestro corazón no se haya abierto. Cuando el corazón está abierto es cuando aparece la verdadera caridad.

Cuando el corazón se abre el egoísmo se destruye y las teorías altruistas no son utilizadas. Ayudamos a los otros naturalmente, espontáneamente, porque su sufrimiento es nuestro sufrimiento. No ayudarles sería para nosotros una terrible privación.

¡Cuántos falsos esoteristas de corazón cerrado se ven, que descuidan completamente la acción caritativa!. Algunos llegan incluso hasta ver en ella una actividad inferior, buena para los profanos.

¡Qué estupidez!. Si vuestro ego no se anula no comprenderéis nunca la primera palabra de la Realidad esotérica.

Por medio de la caridad el ego se anula y el corazón, liberado de su caparazón, se abre. Sin embargo la verdadera caridad proviene espontáneamente de la abertura del corazón. Eso no es nada paradójico. Comenzaremos por una caridad voluntaria e imperfecta, que abrirá nuestro corazón, para luego conocer una caridad perfecta y espontánea, que resultará de esta abertura.

La abertura es, pues, a la vez medio y consecuencia de la abertura del corazón.

Múltiples son las organizaciones humanitarias y caritativas en las que podéis participar. No esperéis más, Concretamente, puntualmente, mensualmente ayudad a los otros dentro de la medida de vuestros medios, con dones financieros y de benevolencia.

Si no hacéis eso, la espiritualidad no es para vosotros mas que una teoría.

Cuando vuestra caridad se vuelva efectiva, ¿cuáles serán los límites?.

Pues será preciso darle unos límites. No puede permitirse una caridad sin límites excepto aquel que, renunciando al mundo, no guarda para él mas que lo estricto y necesario para comer y vestirse.

Una vocación intramundana no puede acomodarse a tal perspectiva. No se trata de ser menos caritativo. Se trata de una caridad diferente.

Vuestra caridad debe obedecer a un cierto orden. El edificio social, todo edificio social, está fundado sobre un orden. Si aceptáis el mundo y permanecéis en él, vuestra acción en su conjunto, y por tanto vuestros actos de beneficencia, deben igualmente obedecer a un orden predeterminado.

El orden al que debe someterse la caridad es el de los deberes. Para aquel que permanece en el mundo existen tres círculos concéntricos de deberes. En el centro y en primer lugar se sitúan los deberes hacia sí mismo, en segundo lugar, los deberes hacia la familia y luego los deberes hacia la humanidad.

“La caridad bien ordenada comienza por sí mismo”. Es una falsa caridad la que hace decir con desapego y humildad a menudo hipócrita: “Yo me pongo el último”. Debéis poneros el primero. No comprender eso es no saber por qué habéis nacido.

Habéis descendido a la tierra para hacer descender la luz al vehículo físico y psicológico, en el cual y por el cual os encarnáis.

Eso es un primer punto que es preciso comprender de una forma exhaustiva.

Vuestro primer deber y vuestra primera caridad, deben ejercerse cara a cara con este hombre en el que estáis encarnados.

Este vehículo humano es algo impuro, vil e ignorante. Es necesario, pues, instruirlo y purificarlo. Se deduce que el primer deber de todo hombre consiste en realizarse espiritualmente. Se trata de un deber esencial. Principalmente, es para realizar este deber que habéis venido sobre la tierra.

La caridad hacia el vehículo humano debe ejercerse según tres grados jerárquicos. El primero y más elevado de estos tres grados es el de la realización espiritual. El segundo grado, el de la expansión psicológica. El tercer grado concierne a la salud fisiológica.

Tal es la triple comprensión que debe regir la caridad hacia el sí mismo humano. Primero la Realización Espiritual. Nada debe sustituir este imperativo. Todo lo que se oponga a ello debe ser eliminado.

La expansión psicológica debe subordinarse a la Realización espiritual. No debe haber en ello confusión de valores. No es posible imaginarse que una cierta creatividad artística, por ejemplo, constituye la Realización espiritual. La Realización espiritual indica un dominio de la consciencia; la expansión psicológica, indica un dominio de la acción. La Realización espiritual es una toma de consciencia inactiva. Ya que la meta espiritual es una toma de consciencia inactiva, el camino espiritual, que se efectúa por el cumplimiento de un conjunto de lecturas, de diálogos, ejercicios contemplativos u otros, indica igualmente un dominio de la acción.

La expansión psicológica consiste en realizar nuestra, o bien, nuestras vocaciones temporales, ellas mismas determinadas por nuestras predisposiciones y aspiraciones personales. Realizar este o aquel trabajo, realizar tal o cual estudio, fundar un hogar, cultivar tal o cual tipo de relaciones humanas, dedicarse a tal o cual actividad cultural, literaria o artística, etc... Todo esto indica vocaciones individuales. Tales actividades son independientes de la Realización espiritual. La Realización espiritual concierne al estado de consciencia con la cual nos libramos a estas actividades.

La subordinación de la expansión psicológica a la Realización espiritual es doble. De una parte, las actividades que contribuyen a la expansión psicológica no deben invadir nunca el tiempo que debe estar reservado a la búsqueda de la Realización espiritual. El orden de los valores existenciales debe ser respetado. Por otra parte, el grado de Realización espiritual orientará e impregnará nuestras elecciones existenciales.

Vuestro primer fin en la existencia en general y en el contexto de cada jornada, debe ser Realizarse espiritualmente. La búsqueda concreta de este primer fin, que constituye la más alta caridad que se pueda ejercer con relación al vehículo humano, estando establecida y enraizada en la existencia cotidiana, el conjunto de vuestras actividades debe tender hacia la expansión psicológica.

La búsqueda de expansión psicológica consiste en intentar, en la medida de lo posible, permitir al hombre realizar las aspiraciones que él desea. Esta búsqueda de la expansión psicológica determinará: El estilo de vida que nosotros llevaremos, el género de trabajo que realizaremos, la manera en que organizaremos nuestro ocio.

Todo eso se efectuará en la medida de lo posible, y en la medida en que nuestras aspiraciones sean razonables, sanas y positivas.

Es preciso comprender bien, que al pasar de la búsqueda de la realización espiritual a la de la expansión psicológica, hemos descendido del terreno de las cosas primordiales a la de las cosas contingentes y relativas.

Por esto, la Realización espiritual debe efectuarse a cualquier precio; mientras que la expansión psicológica debe ser buscada en la medida de lo posible.

El último grado de la caridad hacia el sí-mismo-humano, es decir a lo que nosotros somos en tanto que manifestación temporal, y esto independientemente de lo que somos a nivel esencial y ontológico, el último grado de esta caridad debe ejercerse con relación al cuerpo.

El yo corporal debe ser el servidor del yo psicológico, este yo psicológico debe, a su turno, servir al Yo trascendente, que constituye la Realidad espiritual.

Al ser el cuerpo el instrumento más exterior, su sumisión a lo que le es superior debe ser total. Una vida basada en la bebida, la comida, el dormir y el copular, no es una vida humana, es una vida que se sitúa a nivel animal. La vida se vuelve humana con la búsqueda de la expansión psicológica, que determina la creación y el conocimiento de las ciencias y de las artes. La vida se vuelve sobrehumana con el Despertar frente a la Realidad divina.

Habiendo dado la relación jerárquica que debemos establecer entre los diferentes aspectos de nosotros mismos, en todo momento el cuerpo debe estar dispuesto a afrontar la muerte, y a ser sacrificado, si la defensa de la Causa de las causas, es decir la búsqueda espiritual, así lo exige.

El cuerpo es un servidor, pero no debe ser un esclavo. Si la sumisión del cuerpo frente a lo espiritual y a lo psicológico debe ser mantenida sin concesiones, con el fin de que la satisfacción de las necesidades corporales no se vuelva nunca una preocupación desmesurada, cuya importancia eclipsaría o relegaría a segundo plano a lo espiritual o a lo psicológico, ello no impide que la búsqueda de la expansión fisiológica sea un deber.

El desprecio del cuerpo es un error cometido por numerosas personas animadas de una fuerte vocación espiritual; así como por algunos animados de una vocación de menor importancia, científica o literaria.

Despreciar el cuerpo es construir un edificio sobre malos fundamentos. El cuerpo insatisfecho se venga disimuladamente, haciendo aparecer múltiples obstáculos sobre el sendero espiritual. La base debe estar en armonía con la cima.

Dos extremos se deben evitar: La supremacía de las necesidades corporales y la vejación de éstas.

Satisfacer de una manera razonable y controlar las necesidades del cuerpo a nivel de alimentación, del sueño y del sexo, constituye la mejor política para no ser molestado por las exigencias corporales y poder consagrar nuestra vida a lo esencial, que es la búsqueda de Dios.

Tener un cuerpo sano y fuerte es estar en posesión de un vehículo en buen estado. La búsqueda de la salud corporal, por medio de la medicina y del ejercicio, está evidentemente sometida a los imperativos del destino. Es pues, en la medida en que sea posible, que debemos buscar el obtener un cuerpo sólido y sano. Si el vehículo es irremediablemente malo, o se vuelve defectuoso, nos contentaremos sin lamentaciones pueriles.

Habiendo estudiado los tres grados de la jerarquía, a través de la cual  la caridad debe ejercerse con relación a nuestro vehículo humano, vamos ahora a examinar el ejercicio de la caridad con relación a nuestra familia.

Es preciso previamente recordar que la caridad que ejerzamos con relación a nuestra familia, estará subordinada a la caridad que debemos ejercer con relación a nosotros mismos.

En primer lugar debemos estar dispuestos a romper toda especie de ataduras familiares, cuando éstas constituyen un obstáculo patente con relación a la Realización espiritual. Quien no esté dispuesto a dejar a sus padres, su mujer y sus hijos por Dios, no conocerá a Dios.

Las cosas deben estar claras en vuestro espíritu: El fin de nuestra existencia debe ser la Realización espiritual, y todo lo que se levante delante de la obtención de este fin debe ser apartado. Ninguna especie de consideración, ninguna sensiblería afectiva debe impediros apartar lo que constituye un obstáculo sobre el camino espiritual.

Si este no es el razonamiento que sustenta vuestro camino, no sois un soldado de Dios, y no entraréis dentro de la ciudadela del Yo profundo.

Contra más débil se es, más oprimido se está. He aquí lo que deben comprender los que sufren un medio familiar espiritualmente desfavorable.

Que a vuestros prójimos se les tenga dicho: Permanecéis con ellos mientras que no intenten desviaros de la búsqueda espiritual. Por contra si se interponen voluntariamente a la concretización de vuestro trabajo espiritual, estad preparados a dejarlos inmediatamente y sin mirar atrás.

Si vuestra actitud es cerrada y determinada, no tendréis “problemas familiares” que sean obstáculo a vuestra espiritualidad.

Es absolutamente necesario que vuestra familia, si no la comparte, respete vuestro trabajo espiritual. De la misma forma que vosotros les respetaréis si no se interesan por la espiritualidad. Este respeto debe, en sus manifestaciones concretas, incluir vuestro derecho al aislamiento, para entregaros en toda quietud a la contemplación y al estudio de las obras espirituales. Quien no puede profundizar en la espiritualidad a causa del medio familiar, debe dejarlo.

Ninguna profundización espiritual es posible en un medio familiar hostil a la espiritualidad, excesivamente ruidoso o pendenciero. Tenéis derecho a momentos de calma, de silencio y de aislamiento. Organizad pues vuestra vida familiar en consecuencia, o bien romped este obstáculo.

Vuestro gusto por el aislamiento y el silencio no deberá, sin embargo, ser excesivo. Sabed hacer parte a las cosas y consagrad una parte de vuestro tiempo a las relaciones familiares. La vía intramundana es siempre la del justo centro.

La caridad es indispensable, pero su ejercicio debe seguir un orden riguroso. La caridad desordenada engendra una mortal confusión. Poner la caridad familiar delante de la caridad que se debe a uno mismo, y que consiste en primer lugar en Realizarse espiritualmente, es cometer una falta muy grave. La falta de caridad hacia la familia es una falta contra los hombres. Pero si, no queriendo faltar a la caridad hacia vuestra familia, os sacrificáis o comprometéis vuestra Realización espiritual, cometéis un pecado contra Dios. Es la presencia Divina que yace en vosotros mismos que matáis, si no os Realizáis espiritualmente.

La caridad no debe confundirse con la sensiblería. La sensiblería es un impulso instintivo que no conoce nada de orden. Al contrario, la verdadera caridad se identifica en su ejercicio con el Orden del universo, y en este Orden la supremacía de lo espiritual sobre lo temporal y lo humano permanece como un principio inalterable.

El mal no es más que una forma del desorden individual y Cósmico. Algunos solamente han comprendido la noción del Orden interno y Cósmico: Su visión del mundo y del hombre se ha vuelto fría. Otros no han comprendido más que el aspecto caridad, pero hace falta jerarquizar su expresión, han nivelado las cosas a partir de abajo. La caridad es la potencia transformadora que debe correr a través de las estructuras del Orden Divino, que es intrínseca a la creación.

El deber de caridad hacia sí mismo, incluido en el orden jerárquico: La Realización espiritual, la expansión psicológica y la expansión física; al tener prioridad este deber sobre el deber de caridad hacia la familia, debéis primeramente pensar en vosotros mismos antes de pensar en los otros. Esto puede parecer extraño a los que creen que la virtud consiste en olvidarse de sí mismos.

Un poco de reflexión hace comprender fácilmente lo absurdo de una moral y de una caridad fundadas sobre el olvido de sí mismo. Es en la medida en que uno se posee que se puede dar. Así es Realizándoos espiritualmente como podéis ayudar a los demás a Realizarse espiritualmente. Es al estar psicológicamente abiertos y equilibrados cuando podréis ayudar psicológicamente a los otros. Y finalmente si tenéis un cuerpo sólido, éste será un instrumento de acción dinámico, utilizable para el bien de los otros.

Dicho esto, todo es una cuestión de equilibrio. Entre pensar en sí mismo para realizar los deberes que tenemos hacia el vehículo humano y pensar en sí mismo de una manera excesiva, que desatiende al otro y se resume en el egoísmo, no hay más que una diferencia de medida. Esta medida no habría de fijarse de una manera rígida, pues la medida es una cosa inestable.

Para que el equilibrio entre las obligaciones personales y los deberes familiares encuentren un justo medio, es suficiente con que sea realizada una doble toma de consciencia, que englobe a la vez lo que debo realizar en relación al vehículo humano y lo que debo aportar a la familia. Existe desequilibrio si una de estas tomas de consciencia falta.

Una toma de consciencia falta en los que cultivan la caridad errónea del olvido de sí mismo. Estas personas se hacen absorber, vampirizar por el medio ambiente, ya sea social o familiar. Ciertamente tienen “muy buen corazón”, como se dice comúnmente, pero haciendo esto, cometen un grave pecado hacia ellos mismos al no realizar lo que Dios espera de ellos.

Otra toma de consciencia falta cuando el individuo se encierra en él mismo; se desinteresa de las relaciones familiares, profesionales o amistosas. Cuando no comprende que toda adquisición personal debe conducir a un aumento de nuestra capacidad de don.

Contra más Realizados espiritualmente estemos, más podremos ayudar al otro a Realizarse. Contra más hayamos estudiado una ciencia o arte, más podremos aportar a los otros de este dominio. Tal es el fundamento de las relaciones humanas.

Debemos amarnos a nosotros mismos. Este amor no incluirá ninguna identificación limitativa en relación al hombre, pues sabemos que nuestra Realidad, aunque englobando al hombre, lo supera infinitamente. El hombre es nosotros mismos en tanto que manifestación temporal individualizada, pero lo que somos en nuestra globalidad metafísica, es la totalidad del Mundo manifestado, y la totalidad del no-Manifestado.

Si no nos amamos, hay algo amargo, herido en nosotros. Es preciso ser conscientes de nuestras debilidades e imperfecciones humanas, pero a pesar de eso, es preciso quererse a sí mismo. Es preciso que nos amemos al nivel de nuestra manifestación humana. Si no nos amamos a nosotros mismos, nuestro amor por el otro será por fuerza incompleto.

El amor a sí mismo y el amor al otro, dependen el uno del otro. Es un gran y maravilloso misterio: El otro no es fundamentalmente diferente a nosotros. Y es por esto que si desprecio algo en mí mismo, lo despreciaré en los otros.

El orgulloso no tiene ninguna dificultad en amarse. Se ama pues se sobrestima. Pero si sois lúcidos hacia vosotros mismos, si atentamente habéis observado los pensamientos y sentimientos del vehículo humano, en una palabra, si andáis por el sendero del Despertar, constatad que es preciso mucha indulgencia para amar lo que somos en tanto que manifestación humana.

Por medio de nuestra observación, por la comprensión y la lucidez que ella engendra, conocemos todas las debilidades, todas las imperfecciones, todas las mezquindades del vehículo humano. Las conocemos e intentamos remediarlas. Amarse a sí mismo es, pues, aceptar la mediocridad humana, aceptarla totalmente, con indulgencia y compasión.

Hay mucha humildad en tal aceptación. Esta humildad es una humildad verdadera, es verdadera pues es objetiva. Constatamos que somos poca cosa. Y si llegamos a amar la pequeña cosa que es este hombre en el que nos hemos encarnado, entonces nos será fácil amar a todos los hombres.

El orgullo no es más que una máscara con la cual se disimula la Realidad. Los hombres son criaturas mediocres e imperfectas. Es un hecho evidente. Es suficiente observarse atentamente para darse cuenta de ello. De esta toma de consciencia resulta la humildad. Como la humildad es una cosa desagradable para el ego, muchos están preocupados por el echo de intentar probarse que en tal o cual terreno son superiores. Tal sed de superioridad esconde un miedo profundo. Este miedo es el de una visión objetiva y lúcida de sí mismo, en la que se vea tal y como es, en la mediocridad que es inherente a la naturaleza humana.

Cuando habéis constatado vuestra mediocridad dos posibilidades se ofrecen a vosotros: Podéis hastiaros de vosotros mismos y quizá acabar por odiaros. En este caso no llegaréis nunca a amar profundamente y generosamente a los otros hombres. Pues toda esta mediocridad constatada en vosotros mismos, la encontraréis en los demás. No amaréis a los hombres tal y como son, en todo caso podréis amar a un hombre ideal inexistente. Seréis un censor siempre criticando y condenando. La caridad no os será conocida.

La otra posibilidad consiste en aceptaros y amaros tal y como sois. No sin buscar evolucionar; y tal y como sois verdaderamente, sin confundiros con el ideal al que queréis llegar. Aceptarse es verse como criatura imperfecta, aspirante a la perfección. Este amor de sí mismo, que ve al hombre como un ser en el porvenir, contiene una gran indulgencia; indulgencia que no es justificación pasiva de lo inferior, sino aceptación del Orden evolutivo de las cosas.

No existe caridad sin indulgencia. Sin comprensión profunda no hay caridad. Los otros son el espejo de nosotros mismos. Para amar a los otros tal y como son, es necesario amar nuestra propia condición humana.

Aquel que fijado sobre un ideal espiritual, no se ama a él mismo tal cual es, en su imperfección evidente, no podrá nunca amar verdaderamente a los otros. Aceptarse y amarse tal como se es, en nuestra temporal manifestación humana, exige una gran indulgencia. Contra más me desprecie más despreciaré al prójimo. Todos los defectos que pueda encontrar en mi mismo, los encontraré en los demás. Si bajo el pretexto de mi ausencia de conformidad a tal o cual ideal, no amo al hombre que soy en mi manifestación temporal, mi ausencia de indulgencia, que no es más que una consecuencia de mi ausencia de amor, se reflejará en los demás. Estaré siempre dispuesto a criticar, sermonear y reformar al otro.

Amar, es amar al otro tal y como es. Eso no quiere decir que no debamos ayudar a los demás a evolucionar. Eso significa que toda ayuda eficaz presupone la comprensión y la aceptación de lo que es al nivel de sus características individuales.

Nuestro amor familiar estará, pues, teñido de comprensión indulgente. No se puede ser una especie de déspota religioso que impone a los otros su espiritualidad. En la familia, como en otra parte, la enseñanza no debe darse más que a los que la buscan. Querer convertir, es una falta de respeto y de amor frente a los otros.

Aunque esté despojada de toda voluntad de conversión forzada, nuestra caridad familiar obedecerá al mismo orden jerárquico que la caridad hacia nosotros mismos.

Nuestro primer deber caritativo hacia los miembros de nuestra familia, consiste en enseñar espiritualmente a los que presenten predisposiciones espirituales. En relación con los niños eso quiere decir: En la pequeña infancia abrirlos a la dimensión espiritual, y después respetar las características de su individualidad, enseñando a los que lo deseen y dejando a los otros tranquilos.

Nuestro segundo deber caritativo hacia los miembros de nuestra familia se relacionará con la expansión psicológica. Lo que significa buscar, según nuestros medios, el ayudarles a abrirse hacia las virtualidades positivas.

Nuestro tercer deber caritativo hacia los miembros de nuestra familia, concernirá a la expansión fisiológica: Cuidados, alimento, etc...

El mismo orden jerárquico será respetado en relación al conjunto de la humanidad.

En primer lugar deberemos preocuparnos del florecimiento espiritual de la humanidad. La realización de este deber obliga a toda persona que ha recibido una enseñanza espiritual a transmitirla a los otros, o bien, si no es capaz de ello, a ayudar a los que la transmiten. Siendo esta transmisión una manifestación de caridad, no sería lógico hacer pagar una enseñanza espiritual. La comercialización de lo espiritual es uno de los envilecimientos de nuestra época, que es preciso denunciar con todo el vigor requerido.

En segundo lugar debemos preocuparnos de la expansión psicológica de la humanidad. Lo que significa que es preciso favorecer las estructuras sociales que permitan la expansión de las potencialidades humanas positivas. A este respecto observamos que toda especie de dictadura, ya sea capitalista, marxista o religiosa, tiene por característica el vejar la expresión de todo un conjunto de vocaciones humanas positivas, y eso en el nombre de una ideología limitada.

En tercer lugar debemos preocuparnos del confort fisiológico. Lo que incluye una justa repartición del alimento, cuidados, educación, etc...

El hecho de que una parte de la humanidad acapare la riqueza, mientras que otra está subalimentada, constituye una vergüenza que pesa gravemente sobre la humanidad.

Quien no intenta en la medida de sus posibilidades, ayudar a los países subdesarrollados, hace de su corazón una piedra. Si luego esta persona habla de espiritualidad, se trata de una broma inconsciente.

El amor hacia la humanidad nos impulsa a participar en la política. Y se puede decir que todo espiritualista, encerrado en una torre de marfil apolítica falta, simplemente, a la caridad. Esto independientemente de algunas vocaciones particulares y, se podría decir, especializadas.

La bajeza de numerosos líderes políticos no es una excusa, pues aunque se deba escoger entre varias malas soluciones, habrá siempre una solución menos mala que las otras.

Nuestra caridad, no pudiéndose limitar a la especie humana, se desbordará sobre toda la creación entera. Ella se ejercerá igualmente en relación a los animales. ¿Cómo no preocuparse de las condiciones de vida de nuestros hermanos inferiores?. Ella se extenderá igualmente al reino vegetal, y al conjunto de la naturaleza.

Es cierto que la vida se mantiene gracias a la muerte, y que debemos matar plantas y animales para sobrevivir. Toda sensiblería a este respecto no es más que una debilidad. Pero por otro lado, todo sufrimiento ejercido inútilmente sobre un animal o una planta es un crimen.

La manifestación concreta de nuestra caridad global y afectiva, debe concretarse en actos de tiempo y de dinero.

La caridad debe ejercerse hacia nuestra manifestación humana por medio de actos concretos. Debemos consagrar el tiempo y el dinero necesarios para nuestra Realización espiritual, nuestra expansión psicológica y el mantenimiento de nuestro cuerpo.

La caridad debe ejercerse hacia nuestra familia por medio de actos concretos. Debemos consagrar el tiempo y el dinero necesarios para ayudar a los miembros de nuestra familia a Realizarse espiritualmente, a expansionarse psicológicamente y a dar a sus cuerpos los cuidados necesarios.

La caridad debe ejercerse hacia la humanidad por medio de actos concretos. Debemos consagrar el tiempo y el dinero a la contribución de le expansión espiritual, psicológica y física del conjunto de los hombres.

La ordenación de nuestra caridad presupone que en todo terreno la prioridad de lo espiritual sea afirmada.

La prioridad de lo espiritual no quiere decir olvido o negligencia en relación a los aspectos psicológicos y físicos.

La ordenación de nuestra caridad presupone que los deberes hacia la humanidad o la familia no interfiera al deber sobre uno mismo. Así los falsos sacrificios son eliminados. Quien se ocupa más de su familia o de la humanidad que de sí mismo, peca contra su deber esencial.

Si la realización de nuestros deberes hacia nosotros mismos pasa a primer lugar; los deberes hacia nuestra familia tienen prioridad sobre los deberes hacia la humanidad en su conjunto. Sería estúpido descuidar a nuestros hijos bajo el pretexto de preocuparnos del tercer mundo.

En todo momento el ego puede pervertir la ordenación jerárquica que acabamos de establecer. Es fácil, en efecto, bajo el pretexto de que los deberes hacia sí mismo tienen prioridad, tener una actitud pura y simplemente egoísta en relación a la familia y la humanidad. De igual forma, bajo pretexto que la familia tiene prioridad sobre la humanidad, es fácil justificar cualquier egoísmo familiar. La lucidez es requerida para denunciar las trampas del ego.

Aquel que ama verdaderamente, siente la ordenación caritativa como una limitación. Limitación inherente a la condición humana. No puedo ayudar espiritualmente, psicológicamente y físicamente más que a un número de hombres limitado, pues yo mismo, poseo un vehículo humano limitado. Aceptar la condición humana, es aceptar sus limitaciones y el orden de valores que la caracteriza.

Aunque mi primer deber sea Realizarme espiritualmente, no puedo consagrarme exclusivamente a esta búsqueda, pues esto me arrastraría a descuidar mis deberes hacia mi familia y la humanidad.

Aunque mis deberes hacia mi familia sean primeros que los deberes hacia la humanidad, no puedo encerrar mi acción caritativa dentro del estrecho círculo de mi familia, y debo necesariamente ayudar al conjunto de la humanidad en la medida de mis medios.

La aplicación de la ordenación caritativa reside totalmente en la noción de medida y equilibrio. Esta medida y este equilibrio no poseen ninguna norma fija, ella resulta de una creación permanente en el seno de cada jornada.

Para quien se ejercita en la caridad, la vida entera se vuelve, en todos sus aspectos, una expresión de caridad. Así se cumple el dicho según el cual: “Sólo el amor debe motivar nuestros actos”.

Si el Amor no está ordenado por la Razón, su expresión se expone a degenerar en simple sensiblería, y a encerrarse dentro de las identificaciones y posesiones egóticas.

¿Qué relación tiene todo esto con el Despertar?.

El Despertar no se sitúa al nivel de la acción. Sin embargo, la caridad hacia uno mismo, la familia y la humanidad, viene del dominio de la acción.

Nuestros actos deben resultar de una armonía entre el Amor y la Razón. En cuanto al Despertar, concierne al estado de consciencia en el que los actos son realizados.

Contra más intenso, profundo y constante sea nuestro Despertar, más se adueñará y regirá automáticamente todos los aspectos de nuestra vida. En consecuencia Amor y Razón se vuelven instrumentos de expresión para el Despertar.

Habiendo comenzado por impregnar nuestra vida de una caridad que resulta de la armonía entre el Amor y la Razón, llegamos, con el advenimiento del Despertar, a una caridad espontánea.

Siendo natural y espontánea nuestra actividad deja de llamarse caritativa. Bajo la Luz del Despertar, actuamos según la inspiración del momento, sin ponernos cuestiones, sin darnos reglas u obligaciones. Razón y Amor se han fundido en la espontaneidad inspirada del Despertar.

En nuestra experiencia dejamos de utilizar el concepto de caridad. Mirando en nosotros mismos no vemos nada que corresponda a lo que se llama caridad. En nosotros sólo existe el Despertar y la espontaneidad que de él fluyen. Eso es todo.

Al observar nuestra actitud las gentes dicen: “Sois caritativos”. Pero nosotros, en nuestra experiencia, no conocemos ninguna formulación de esta noción de caridad. La espontaneidad es la espontaneidad. Toda definición o toda cogitación, que tiende a determinar tal o cual tipo de espontaneidad, destruye la espontaneidad.

El camino no debe ser confundido con su resultado. Mientras que no estéis Despiertos, estaréis aún en el camino. Mientras estéis en el camino: Practicad la caridad. Cuando estéis Despiertos: Olvidad el camino, olvidad la noción de caridad, contentaros con permanecer en el Despertar y dejaros guiar por la inspiración del momento.

Esto es la suprema rendición del yo al Señor.

En su actividad el Despierto no conoce nada que se relacione a la palabra caritativo. Ignorando la virtud de la caridad, realiza la suprema caridad.

Esto es verdad para todas las virtudes. Existe la virtud del “buen hombre”, que se esfuerza en ser virtuoso, que es consciente de su virtud o bien de su falta de virtud. Esta virtud es una virtud inferior.

Además, existe la virtud del Despierto, éste último no se esfuerza por ser virtuoso, no tiene consciencia de la expresión de ninguna virtud, ni de ningún pecado. Actúa en todo momento “como mejor le parece”, completamente lúcido y atento. No sigue ninguna Regla, ninguna norma, ningún principio. Su espontaneidad es una inspiración perpetua, y es por esto que él solamente expresa la Virtud superior.

Comenzad por la virtud inferior, luego elevaros a la Virtud superior.