LAS OBRAS DE LA NATURALEZA

El universo es la expresión de las obras de la Naturaleza, en el sentido cósmico del término.

Y la Naturaleza es el producto del Pensamiento del Ser Divino. Es la forma que da el Ser Divino a la objetivización de su pensamiento.

Este pensamiento es un pensamiento inteligente que contiene una intención determinada.

Miremos a donde miremos siempre nos encontramos con el trabajo del Pensamiento del Ser Divino. Duro, largo, fastidioso, repetitivo, tanteador, incansable y maravilloso trabajo de la Naturaleza, que hace del universo entero un grandioso taller en donde ejercer su esfuerzo. Increíble trabajo por el cual las galaxias se han formado. Fantástico trabajo por el que la vida ha aparecido sobre la tierra y ha evolucionado hasta la especie humana.

Como un artista que despliega sus obras delante de un príncipe, la Naturaleza despliega su actividad delante de la mirada del Espíritu Divino.

Admirable trabajo en el cual la especie humana progresa en su conocimiento del universo, trata de dominar sus instintos animales y lograr una organización social justa y fraternal.

Difícil y doloroso trabajo interrumpido constantemente por estancamientos y eternos volver a empezar. Rozando el fracaso definitivo, que siempre es posible, y conociendo maravillosas realizaciones.

La Naturaleza debe superar la abundancia inevitable de contradicciones, repetir sus ensayos sucesivos y llegar victoriosa a cada una de sus realizaciones.

Desarrollar lo que ha sido engendrado, inventar nuevas cosas, destruir lo que ya se ha quedado caduco, desechar lo inútil, conservar lo esencial... tal es el incesante trabajo de la Naturaleza.

Por la constante fusión con una energía inagotable, la naturaleza engendra, conserva, destruye y engendra de nuevo. Termina una forma de expresión y no conservando de ésta más que su quintaesencia, la reemplaza por otra... Desarrolla, desecha, ensaya y vuelve a comenzar. Esboza una gran diversidad y después elige. Eso es lo que observamos a cualquier escala del universo.

Debemos despertar nuestro espíritu al gran trabajo del pensamiento del Ser, a su obra en el universo. Pues son numerosos los que habiendo percibido las maravillas del puro Espíritu Eterno, no han sabido ver la grandeza de la Naturaleza cósmica temporal.

¿Por qué ese tanteo de la Naturaleza? Porque el Pensamiento del Ser, que es suscitado por la presencia de la Pura Consciencia del Ser en sí, sale de la nada, del vacío absoluto del Ser Puro. Saliendo de la nada, no puede engendrar el universo sino a través de una serie de tanteos inteligentes.

Tal es lo que nos revela la ciencia en múltiples dominios.

En nuestra corporalidad, somos un fragmento estático y estratificado, (relativamente y comparativamente, se entiende) del Pensamiento del Ser.

En nuestro psiquismo, somos un fragmento dinámico y creador del Pensamiento del Ser.

Gracias a lo cual tenemos la posibilidad de participar en el inmenso trabajo que realiza la Naturaleza en la especie humana.

Contribuir en la débil medida de nuestros medios a la evolución humana, es participar en la consecución de una obra cósmica. La obra de la Divina Naturaleza que, según el grado de inteligencia que hemos alcanzado, nos invita a conscientemente colaborar en la realización de su obra.

Somos los útiles con los cuales realiza una parcela de su trabajo.

Por la forma que tenemos de vivir, de educar a nuestros hijos; en nuestra relación con la gente, en nuestra acción social y política, en la forma de desarrollar nuestra actividad profesional, en nuestras obras de arte y literatura, en nuestras diversiones, en nuestra forma de enseñar la espiritualidad; somos obreros del futuro que aceleran la realización hacia la cual la Naturaleza encamina a la especie humana, o por el contrario somos pesos muertos que retardamos esta realización. O pero todavía, saboteadores que acentúan los riesgos de fracaso de la obra Divina.

Pues si bien es cierto que el pensamiento Divino que tiene toda la eternidad por delante, logrará sus fines y realizará la obra temporal que planea, no es totalmente seguro que nuestra especie humana, en su aspecto material, logrará una realización perfecta de todas las potencialidades que la habitan. Puede que a fin de cuentas no se trate más que de otro intento abortado antes de lograr su madurez. Esto depende colectivamente de nosotros.

El hombre es uno de los instrumentos modelados por la Naturaleza y utilizados por Ella para llevar a cabo sus obras.

Cuando el instrumento está en armonía con el artesano de innumerables brazos, todo va bien. Pero si el instrumento, dejando de ser dócil, quiere seguir su propia ley, si resiste a la mano que lo guía, entonces surge la desarmonía y el sufrimiento.

Para lograr ser un instrumento dócil debemos ante todo comprender plenamente, es decir, con todas las implicaciones que conlleva, que no somos más que un instrumento en las manos de la Naturaleza.

Esto significa que en todos los dominios, sociales, políticos, artísticos, científicos... no tenemos la propiedad de las creaciones realizadas. No tenemos la responsabilidad de las iniciativas creadoras. Sólo tenemos la responsabilidad de los fracasos, de los estancamientos, de los retrocesos, si funcionamos mal individualmente y colectivamente en tanto que instrumentos. Es la Naturaleza la que, utilizando a los hombres, descubre, trastoca, crea, inventa, cambia, ensaya.

Comprender esto es ser humilde.

El hombre se atribuye todo lo que le atraviesa. ¿De dónde vienen las inspiraciones y aspiraciones que empujan a los hombres en unas direcciones determinadas? Vienen de la Naturaleza, y constituyen las impulsiones que reciben y a las cuales obedecen los hombres de una manera generalmente inconsciente.

Uno de los aspectos del Despertar integral consiste en ser consciente de los dinamismos colectivos que nos orientan.

A este respecto notemos que el trabajo de la Naturaleza en la especie humana no es evidentemente a escala dimensional de una vida individual. Para Ella, cientos de años son comparables a un año de nuestra existencia. Para comprender sus obras debemos mirar a la historia con cierto retroceso y no juzgar por lo ocurrido en unos cuantos decenios.

Para dirigir a la humanidad, el Pensamiento Divino infunde en esta última dinamismos específicos, en relación a los cuales los hombres no son más que aparatos receptores, que modulas y concretizan dichos dinamismos.

Cuanto mayor sea la fidelidad con la que el aparato humano va a captar la pulsión cósmica, mayor valor universal tendrán sus obras. Por el contrario, la validez y el alcance de sus obras decrecerá proporcionalmente al número y a la intensidad de interferencias de origen individual, que deformen la especificidad de la pulsión cósmica.

¿Cómo puedo convertirme en un instrumento dócil y, por lo tanto, eficaz?

Debo estar muy atento de manera que pueda discernir con la mirada interior de la introspección, cuales son mis auténticas aspiraciones profundas.

Notemos que en lo que a esto se refiere, no debemos confundir las nuevas pulsiones cósmicas que podamos sentir como características de la época en la que vivimos, con nuestras propias aspiraciones personales. Nuestras aspiraciones profundas constituyen una expresión personalizada referida a una de las pulsiones cósmicas existentes. En otras palabras, no debemos confundir, a pesar de que deba armonizarse, lo que debe realizar nuestra época con lo que debemos realizar nosotros.

La educación y la influencia del medio nublan a veces el discernimiento interior. Y debemos hacer con respecto a ellas un esfuerzo de abstracción...

Las aspiraciones profundas y creadoras que actúan en los individuos, constituyen los gérmenes que la Naturaleza deposita en los hombres para que lleven a cabo sus obras. Y resulta que la realización temporal de una individualidad humana, consiste en expresar dichas aspiraciones profundas.

Permanecer consciente de la Dimensión Espiritual es estar realizado espiritualmente.

Saber lo que por naturaleza estoy destinado a hacer y trabajar por llevarlo a buen fin, es estar realizado temporalmente.

Estas dos realizaciones deben ir unidas.

Las obras temporales y la realización espiritual no se excluyen, simplemente pertenecen a dos niveles diferentes de la Realidad y, en cada instante, todos los niveles de lo que Es están presentes.

Con la consciencia inmersa en la Realidad trascendente de lo Divino, llevar a cabo las obras de la Naturaleza, tal es la perspectiva de una espiritualidad integral.

Bien comprendidas todas las aspiraciones individuales son vocaciones temporales.

Realicemos pues las exigencias individuales que nos empujan y así colaborar con la gran obra de la Naturaleza. En cada uno de nosotros la naturaleza desea desarrollar, cuidar o transmitir ciertas cualidades específicas.

No otra cosa descubre quien sabe mirar en el interior del hombre.