LA PROMISCUIDAD DIVINA

Dios habita en mi, pues es mi consciencia. Esta consciencia inalterable y sin límite, que en mi percibe los tres estados de vigilia, de ensueño y de sueño profundo, es Dios. Yo en tanto que hombre, soy el cuerpo, los sentimientos y los pensamientos percibidos por esta Divina Consciencia Testigo. La devoción que no puede cumplirse más que con el cuerpo, los sentimientos y los pensamientos del hombre, es una actividad que el hombre dirige a la consciencia que le habita. Esta Consciencia Testigo inafectada por los actos, las percepciones, los sentimientos y los pensamientos del hombre, permanece para siempre accesible, bienhechora e inactiva, pues si ella percibe toda cosa, ella no participa en nada. Ninguna percepción o acción humana ni la ensucia ni refuerza su esplendor. Esta consciencia que en mi percibe toda cosa, es la Consciencia de Dios que penetra y habita todas las formas de vida. De esta forma Dios es lo que me es más próximo puesto que Él es mi propia consciencia. Él es mi existencia misma, pues desprovisto de consciencia, yo no existo. Es en Él y por El que yo existo. Si Él me retirase su Consciencia yo desaparecería en la nada, pues no percibiendo ya nada, dejaría de existir. Si el hombre se siente existir, es porque percibe el mundo gracias a su cuerpo, y percibe el cuerpo mismo así como sus pensamientos y sus sentimientos, pero todas estas percepciones no son posibles más que gracias a la Consciencia, es pues gracias a la presencia de Dios en la que el hombre tiene el sentimiento de la experiencia de su existencia. Sin Consciencia, la individualidad viviente no existe. Toda percepción, todo acto, todo pensamiento, todo sentimiento no se cumple más que gracias a la presencia Divina en nosotros. Todo cumplimiento reposa sobre esta Presencia Consciente. Que la Consciencia se retire y en seguida se desvanece el sentimiento individual de existencia, las percepciones del mundo, del cuerpo, de los sentimientos y de los pensamientos. El hombre debe pues comprender el estado de total dependencia en el cual se encuentra con respecto a Dios.

Se dice que la Consciencia Divina percibe en nosotros no solamente los estados de vigilia y de sueño sino igualmente el estado de sueño profundo, si bien el sueño profundo es para el hombre un estado de inconsciencia, pues esta inconsciencia no existe más que a nivel humano. Ella es la consecuencia al nivel del hombre de una ausencia de percepción del mundo, del cuerpo, de los sentimientos y de los pensamientos. Para la Consciencia Divina que nos habita, esta ausencia de percepción es la percepción de un vacío. Así pues, la Consciencia Divina que nos habita, es el testigo de las percepciones del estado de vigilia, del sueño con ensueños, y del vacío del sueño profundo. Estos tres estados de consciencia desfilan delante de su inmutabilidad inafectada. Para nosotros, los hombres, el sueño profundo es semejante a una nada, pues no hay ya en él ningún elemento que pueda constituir nuestra existencia. No hay cuerpo, permitiendo la percepción del mundo, ni sentimiento, ni pensamiento. Así, este estado que es una nada para nosotros no afecta a la inmutable Consciencia que en él contempla el vacío, de la misma manera que ella ha contemplado los sueños, el mundo, así como nuestros pensamientos y nuestros sentimientos en los otros dos estados. Es pues completamente exacto, que a cada instante Dios me ve, pues en verdad es gracias a Él, a su Consciencia, que yo mismo me veo, percibo y conozco toda cosa.

La Consciencia Divina que está presente en mi, es la manera en la que Dios manifiesta su inmanencia. Pues Dios no está solamente contento con crear el mundo, igualmente llena el mundo de su presencia. Pero sería un error limitar la Realidad Divina a la inmanencia, pues si la Consciencia Divina habita todas las formas de vida, permanece igualmente más allá de todas las formas de vida. En verdad, el universo es comparable a una gran esponja arrojada en el océano. Cada alvéolo de la esponja es una forma de vida, y el agua del océano representa la Consciencia Divina. Esta Consciencia en su aspecto transcendente, es la inmensidad del agua alrededor de la esponja. Esta misma Consciencia en su aspecto inmanente y omnipenetrante, es el agua que se encuentra en el interior de la esponja y de todos los alvéolos que ella contiene. Es pues la misma agua de la Consciencia Divina la que constituye el océano de lo Absoluto y la Consciencia Testigo presente en todas las formas de vida.

De esta forma Dios no es omnisciente porque Él almacene alguna parte de la Totalidad de los conocimientos. Es omnisciente pues Él es la Consciencia Testigo presente en cada ser, y esta Consciencia Testigo conoce todo lo que es conocido en todas las formas de vida de todos los universos.

Para comprender lo que es la presencia Divina en nosotros, es importante no confundir la Consciencia Divina, que aunque testigo de todos los contenidos, es en ella misma Pura Consciencia vacía de todo contenido, con la consciencia de esto o aquello. Cuando se dice: “yo soy consciente de esto o aquello”, se indica, con esta forma de hablar, que se percibe esto o aquello. Pudiendo ser la percepción sensorial o psicológica. ¿Esta percepción por quién se realiza?. Ella se realiza por la Consciencia. Pues esta Consciencia es distinta de lo que ella percibe. Es siempre la misma Consciencia que es testigo de un flujo cambiante de percepciones diversas. Tener consciencia de un sonido, es pues percibir un sonido gracias a la Consciencia. Pero la Consciencia y el sonido siendo, de hecho, dos realidades distintas, el sonido es impermanente, mientras que la Consciencia existía antes y después del sonido. Es por lo que si bien ninguna percepción es posible sin la Consciencia, la Consciencia en ella misma está virgen de toda percepción. Es además en esta virginidad desprovista y esencial que ella permanece en el estado de sueño profundo. Es en esta misma vacuidad que ella está para siempre en su aspecto Transcendente, más allá de las percepciones del mundo. La Consciencia siendo una totalidad homogénea e indivisible, nada separa la Consciencia inmanente presente en una forma de vida de la Consciencia Transcendente en su Totalidad. Hay entre estos dos aspectos de la Consciencia Divina, la misma relación que hay en un espejo de agua, entre la superficie y la profundidad. La Consciencia Testigo que nos habita es una ola, en un punto del tiempo y del espacio sobre la superficie sin fin del océano de la Consciencia Divina.

Esta Consciencia que en este mismo instante percibe este libro, ¿de quién es?. El hombre dice: “Es mi consciencia”. Diciendo esto, se apropia ficticiamente lo que corresponde a Dios. Por esta apropiación ilusoria, niega la Realidad Divina en él, y se atribuye abusivamente el lugar de Dios. Habiendo negado la presencia Divina en ellos mismos, algunos extraviados son en seguida conducidos a buscar a Dios fuera de ellos. En realidad, la consciencia que percibe este libro, es la Consciencia Divina, que es la sola y única Consciencia. Esta única Consciencia es la Consciencia del Ser en sí, que no es otro que Dios.

El hombre, hemos dicho que no es otra cosa que el conjunto formado por el cuerpo, los sentimientos, y los pensamientos. ¿Cómo este conjunto puede atribuirse la propiedad de la Consciencia que los percibe?. Consciencia que es el sujeto perceptor, y por la cual son simples objetos de percepción. Tal es por tanto el absurdo que se comete cada vez que alguien dice, o piensa: “Mi consciencia”. ¿Por quién es cometido este error de atribución?. Por el pensamiento. Es pues el pensamiento, simple objeto de percepción para la Consciencia que atribuye ilusoriamente la propiedad de la Consciencia al yo humano. Sobre esta atribución absurda e ilusoria reposa la existencia del ego, que consiste en imaginarse que es una entidad autónoma e independiente, dotada de Consciencia. En realidad lo que somos al nivel humano, es simplemente el conjunto formado por el cuerpo, los sentimientos y los pensamientos. Este conjunto está desprovisto en sí mismo de consciencia. La Consciencia que revela y manifiesta la existencia del compuesto humano, es la Consciencia Divina. El compuesto humano está pues en un estado de dependencia absoluta de cara a la Consciencia Divina. Es de ella, por ella y en ella que de segundo en segundo obtiene su existencia. Pues en la ausencia de Consciencia, ¿qué sería nuestra experiencia del mundo y de nosotros mismos en tanto que hombre?. La humildad que resulta de una justa mirada de la Realidad consiste en decir: “En tanto que hombre no soy nada más que este cuerpo, estos sentimientos y estos pensamientos”. Es gracias a la Consciencia de Dios que permanece en mi que yo conozco mi propia existencia y la del mundo. Es el soporte de toda mi vida, y si este soporte acaba eclipsándose, en el espacio de un instante, me hundiría en la nada. Gracias a él, yo existo. Por él, mi propia vida y todas las experiencias del mundo están dadas. Atribuirse la Consciencia es para el hombre un acto luciférico por el cual se imagina ser independiente de Dios.

A la pregunta: ¿Quién soy yo en tanto que hombre?. La respuesta metafísica correcta es: “Nada más que el conjunto impermanente del cuerpo, de sentimientos y de pensamientos”. Pero si me hago la pregunta: “Yo qué en este mismo instante me siento existir?. ¿yo soy el cuerpo, los sentimientos y los pensamientos?”. La respuesta que surgirá será: “Yo no soy ni el cuerpo, ni los sentimientos, ni los pensamientos, pues ellos son para mí simples objetos de percepción”. El contenido de esta respuesta resulta del hecho de que planteándose esta clase de pregunta, uno se identifica automáticamente e implícitamente con la Consciencia testigo, pues es de esta Consciencia Testigo que proviene el sentimiento de existencia, que no es otro para la Consciencia que la sensación de existir en tanto que Consciencia que percibe. Así entonces el hombre no es nada más allá del cuerpo, de los sentimientos y de los pensamientos,  y el alma humana está compuesta por los pensamientos y los sentimientos, pero mi identidad real no es el hombre sino la Consciencia Testigo que percibe, Consciencia Testigo que no es otra que la Consciencia Divina.

Es necesario distinguir con claridad el “yo” humano que se refiere al cuerpo, a los sentimientos y a los pensamientos, del “Yo” o “Sí” Transcendente que es nuestra verdadera identidad, identidad que es la de Dios.

En la medida en que me identifico al hombre o considero que el cuerpo, los sentimientos y los pensamientos humanos son míos, una distancia inconmensurable me separa de Dios. Él es el Maestro y el Creador, yo soy el servidor y la criatura. Pero en la medida en que sé y siento con todas las consecuencias y la constancia que esto implica, que no soy ni el cuerpo, ni los sentimientos, ni los pensamientos, entonces soy indisociable de Dios. Mi Consciencia es Su Consciencia, mi ser, mi identidad, son Su Identidad. Mi naturaleza y mi realidad es Su Naturaleza y Su Realidad. En el primer caso mi vía es la devoción; en el segundo mi finalidad es la del Conocimiento metafísico, de la Gnosis. Algunos se limitan a la devoción, otros pasan de la devoción a la Gnosis, y otros incluso, acceden a la Gnosis sin pasar por la devoción.

Una vez que la Gnosis es adquirida, ¿es posible la devoción?. ¡Lo es! Pues el Conocimiento que resulta del hecho de sentirse ser la Consciencia infinita y eterna no suprime la existencia del cuerpo, de los sentimientos y de los pensamientos de este hombre. Desde entonces, es claro que la devoción, la sumisión y el servicio son para el cuerpo, los sentimientos y los pensamientos que componen este hombre; mientras que el Conocimiento Eterno es para nosotros que somos la única Realidad y la única Consciencia permaneciendo en su eternidad dichosa. En el mismo instante es posible sentirse ser el Maestro observando el trabajo del servidor. En el mismo instante es posible sentirse ser la Consciencia Divina contemplando la oración del hombre. Realizar a la vez la Gnosis y la devoción, tal es la Realización integral que engloba la Transcendencia y el hombre.

Para el hombre no hay nada más elevado que la sumisión, el amor y el servicio de Dios. Pues el hombre jamás se hace Dios. Para siempre, el hombre compuesto de cuerpo, sentimientos y pensamientos es una criatura minúscula. Es totalmente erróneo imaginarse que el gnóstico es un hombre que se convierte en Dios o se identifica a Dios. El gnóstico es alguien que disipa un error, y una ilusión, dándose cuenta que nunca ha sido un hombre, y que es desde siempre y para siempre, la única Consciencia presente en el hombre.

¿Pero quién es ese alguien?. ¿Quién es el gnóstico?. ¿Es un hombre o es un Dios?. ¿Y dónde se sitúa la Gnosis?. ¿Dónde se sitúa su contrario que es la ignorancia, en el hombre o bien en Dios?.

Hablar de un gnóstico es forzosamente hablar de una criatura. Hablar de la obtención de la Gnosis, es forzosamente hablar de algo que está unido a la historia individual. De esta forma la Gnosis y la ignorancia se sitúan en el hombre, lo mismo que el pensamiento humano puede identificarse con el hombre y atribuir falsamente al hombre la Consciencia que le percibe. El mismo pensamiento humano puede desidentificarse del hombre e identificar el “yo” a la Consciencia Testigo. La Gnosis, sin embargo, no es solamente la resultante del pensamiento especulativo. El pensamiento especulativo no es más que un soporte permanente que permite desembocar en un “sentido” y en un “vivido” humano lo que es el verdadero Conocimiento. Observemos además que algunos, más vueltos hacia la práctica de la interiorización y del recogimiento, dando preferencia a la búsqueda de lo “sentido”, no hacen más que añadirle un pensamiento especulativo; mientras que otros, dando preferencia al pensamiento especulativo, el cual hemos comentado, tiene por objeto desembocar en lo “sentido”. Que el pensamiento nos conduce a una experiencia, o bien que de una experiencia se derive un pensamiento específico, esto se observa idénticamente en el proceso que engendra la Gnosis, del cual resulta la ignorancia. Por el hecho de identificarse con el pensamiento del hombre, resulta un “vivido” particular, que es el de la ignorancia metafísica; y del hecho de sentirse ser en el cuerpo, resultan pensamientos de identificación erróneos.

En definitiva, Conocimiento e ignorancia metafísica son fenómenos que se sitúan al nivel humano. Y es por lo que además se dice que la Realidad del Conocimiento Divino, tal y como es en ella misma, está más allá del Conocimiento y de la ignorancia. Es una manera de decir que permanece inmutable más allá de lo que pasa al nivel humano.

En algunos hombres se manifiesta el escepticismo, en otros se manifiesta la devoción, y en otros incluso es la Gnosis la que se manifiesta. Todas estas manifestaciones provienen de la misma Energía Divina que engendra el universo. No hay más que una energía y todos los fenómenos no son nada más que la manifestación de esta energía. La creación de las galaxias, siendo una manifestación grosera de esta energía, y el camino hacia la Gnosis, pues su realización plena, es una manifestación superior de esta misma energía. Las cosas percibidas y los seres vivientes, no son más que peleles manipulados por esta energía. La cual delega una parcela de sus poderes en algunos seres vivientes, para darles este pequeño margen de maniobra que se le llama libre albedrío.

Esta energía creadora de la cual la Gracia Divina es uno de los innumerables aspectos y manifestaciones, es indisociable de la Consciencia Divina. No es la inmutable Consciencia Divina quien engendra el universo. ¿Pues cómo podría crearse el universo y permanecer inmutable?. Es la Energía Divina radiando en el seno del espacio infinito de la Consciencia Divina quien engendra el universo. Por lo mismo que el cielo no es afectado por las nubes, por lo mismo la Consciencia Divina no es afectada por los fenómenos engendrados en Ella por su Energía. Si podemos distinguir la Consciencia de la Energía Divina, no podemos sin embargo separarlas. Se trata de dos aspectos indisociables de la Realidad Divina.

¿Por qué motivo la Energía Divina despliega la fantasmagoría del universo en el seno de la Consciencia Divina?. Dios no teniendo necesidad de nada, puesto que Él es la plenitud perfecta de la Pura Consciencia inalterable, no puede tener ninguna necesidad en su despliegue. El hecho de que no haya ninguna necesidad, indica que se trata de una actividad gratuita, realizada sin razón; por simple juego. Ni la Consciencia ni la Energía Divina ganan ni pierden nada en lo que sea este despliegue. No es más que la belleza de un divertimento que atraviesa efímeramente los abismos del vacío y del silencio Divino.
En cuanto a la Gnosis, si ella existe al nivel del hombre, ella no existe al nivel de Dios. Para la Consciencia Divina presente en cada hombre no hay nada que realizar, nada que obtener, nada por convertir, ninguna ignorancia que disipar, ningún conocimiento que instalar. Conocimiento e ignorancia no existen más que en el mental humano. La Consciencia Divina está idénticamente presente en todos los hombres, ya se trate de Sabios o ignorantes. Nada de lo hecho por el hombre acrecienta o la disminuye. Es cuando sé por experiencia que mi “yo” es el único “yo” de la Consciencia universal, es cuando para mí no hay nada más que hacer, porque yo sé que nunca he hecho nada. Sé que para mí la Realización espiritual o la ignorancia no existen. Yo he sido desde siempre y seré para siempre esta Consciencia única, siempre presente y transcendente. Nada de lo que puede hacer el hombre de impío o espiritual me afecta, y nada cambia para mí. Estoy más allá de la ignorancia espiritual y del Conocimiento metafísico, que se manifiestan al nivel humano. El Despertar o la ausencia del Despertar no me conciernen. Todo esto pertenece para mí a la superficie del espejismo efímero de lo que se percibe.

La Realidad que sois y que todo el mundo es, se encuentra más allá de la experiencia humana. Por ello, ¿qué es lo que el hombre podría hacer para alcanzar lo que está fuera de su alcance?. Quien sabe esto, nada tiene que hacer, pues sabe que es eternamente no-actuante y que el HACER pertenece a lo que él ve en el dominio de las apariencias.