PURO AMOR

El Amor que debéis tener por los otros debe estar libre de todo apego. Sólo pueden confundir Amor y apego, o bien creerlos indisociables, aquellos que carecen seriamente de introspección. Observad lo que ocurre en vosotros. Constatad que cuando sufrís debido a una separación, por tal o cual actitud de un ser amado, o bien cuando deseáis que esto o aquello ocurra o que no ocurra, no es el Amor lo que se manifiesta sino la inquietud, el deseo, la frustración; y que todo eso no es más que un movimiento del mental. Movimiento acaparador y pasional que abusivamente confundís con el Amor.

El Amor en sí mismo es un flujo silencioso, que encuentra su felicidad y su recompensa en su propia expresión. La distancia geográfica, la muerte o la separación, la conducta del otro, por muy negativa que sea hacia nosotros, en absoluto son obstáculos para el Amor. En verdad, tal actitud es extraña a muchas costumbres, sin embargo, quien conoce el puro Amor, pronto es capaz de extenderlo a todas las cosas.

Sin duda que algunos en una primera lectura encontrarán el puro Amor, desprendido de los movimientos mentales de apropiación, codicia, inquietud y frustración, imposible de practicar. Y sin embargo, ¡qué puede haber más sencillo!. Basta con despojar al Amor de todo lo que no le pertenece y se esconde furtivamente tras esa palabra. Basta con ver claro en uno mismo. Tened el valor de observar y constatar, sin mentiras, la diferencia que existe entre el Amor y la codicia, entre el sentimiento de amor y el sentimiento de frustración, entre la plenitud del Amor y el orgulloso placer de la apropiación, entre la crispación inquieta y el flujo cálido y generoso del Amor. No se trata de aceptar convencionalmente una diferencia evidente. Es necesario repasar y analizar, por medio de una observación de sí mismo intensa, todas las características de la irreductible diferencia. En la total percepción de esta diferencia, el Amor y los sentimientos mencionados se revelan pertenecientes a dos órdenes de realidad totalmente diferentes. Sólo la falta de interiorización y los abusos generalizados del lenguaje y de la literatura han permitido confundirlos.

Aprendez en vosotros mismos que tenéis momentos en que Amáis y que en otros momentos os inquietáis, en otros codiciáis y os apropiáis y otros aún en que añoráis y sufrís. El contenido de estos momentos es totalmente diferente, incluso si a veces los unos sucedan a los otros muy rápidamente. Admitidlo, y constatadlo.

Los momentos de Amor, de verdadero Amor, no van acompañados de ningún sentimiento inferior. Dejad de engañar con la palabra Amor, de justificar cualquier cosa con Él, de cubrirlo todo, púdicamente, con su manto. Cuando sepáis por la observación de vosotros mismos, que el hecho de Amar es completamente diferente del hecho de inquietarse, codiciar o lamentarse, dejad de decir: “me inquieto, deseo o sufro porque Amo”. Esta justificación es falsa. Es como si os decís: “hablo porque no me callo”.

En todo momento tenéis la posibilidad de Amar en vez de inquietaros, ansiar o lamentar. Sed honestos: inquietud, ansia o lamento no son Amor ni vienen del Amor. Provienen del ego. Es el ego quien quiere poseer, quien sufre por la privación de la posesión y la teme. El Amor no toma nada, él da. No conoce ninguna privación posible, pues nada os impide amar. Ni la separación ni el tiempo afectan al Amor verdadero, al Amor despojado de toda escoria del ego, al Amor eterno.

¿Cómo Amar a nuestro enemigo, el que nos insulta, nos denigra, nos agrede, perjudica a los que nos son próximos, o nos traicionan?

Es una simple cuestión de entrenamiento, y el principio de este entrenamiento es el Amor a los objetos. Por medio de este Amor, tal y como ha sido descrito, aprendéis a amar voluntariamente, cosa que os era desconocida. Desde ahora las llaves del corazón están en vuestro poder. Abrís las puertas escarlatas cada vez que lo deseáis. Aprendéis a Amar por placer, sin esperar nada a cambio, y de esta forma vuestro Amor se despoja del egoísmo. Aprendéis a Amar a los objetos anodinos y feos, y vuestro Amor no depende ya de atracciones psicológicas. Cuando se consigue esto, el paso que hay que dar para lograr Amar a vuestros enemigos  de una manera efectiva, ya no es un paso de gigante. Es un pequeño esfuerzo suplementario. Un esfuerzo que al repetirlo destruye las barreras del ego. Cuando las barreras egóticas han caído, la espontaneidad en el puro Amor se instala. En cualquier instante podéis pensar en alguien o mirarlo y Amarlo silenciosamente.

Es el hombre quien codicia, se apropia, se lamenta... Todos estos movimientos del mental humano no son el Amor. No son más que lástima del ego por sí mismo o avidez.

Eso no tiene nada que ver con el Amor que es el don de una efusión que no espera nada a cambio. Discriminad para distinguir bien los movimientos de sufrimiento, angustia, avidez o deseo del mental, del Amor en sí mismo. Distinguid por medio de la observación introspectiva en el seno de la vida cotidiana: esto es una pura efusión Amorosa; esto otro es una efusión Amorosa acompañada de un pensamiento; esto es un simple pensamiento utilizando la palabra amor... El día en que gracias a vuestros esfuerzos de discriminación, distingáis claramente lo que es el puro Amor, despojado de todo movimiento del mental, comenzaréis a comprender que el Amor supera al hombre. Es algo que lo atraviesa sin pertenecerle.

Aprender el puro Amor, es aprender a Amar sin causa ni razón, sin exigir nada, esperar codiciar o añorar. Sin preocuparse siquiera, de la forma que sea, del hecho de que nuestro Amor sea compartido o no lo sea, percibido o no por el otro. Amar sumergiéndose enteramente en la beatitud que resulta del echo de Amar.

Para comprender bien en qué consiste este Amor supremo, es preciso plantearnos la cuestión fundamental: ¿Qué es el Amor?

Quien trabaja para abrir su corazón según el método indicado, se da cuenta poco a poco que el Amor es más que el pensamiento. Es posible que en sus primeros balbuceos el neófito confunda pensamiento y Amor. Para él, por ejemplo, amar un objeto significará pensar con una carga afectiva más o menos grande: “yo amo este objeto”. Tal equivocación es muy frecuente y a veces inevitable en el debutante, ella se disuelve, no obstante, por medio de una práctica perseverante. Al principio el pensamiento puede ser el ujier que llama a la puerta del corazón. Pero quien trabaja a nivel del corazón se da cuenta bastante rápidamente que el pensamiento “yo amo” y el hecho de amar son dos cosas muy diferentes. Cuando pensáis “yo amo” no hacéis más que formular algo mental con más o menos sinceridad. Pero cuando Amáis, se acompañe o no de pensamiento, algo muy diferente se produce: Una corriente indescriptible fluye de vosotros. Un frescor vivificante, una fuerza envolvente, un calor protector, una luminosidad invisible, un bálsamo relajante, una alegría comunicativa... Algo, algo maravilloso sale de vosotros, y eso ciertamente no es un pensamiento. El pensamiento puede suscitar, recubrir, acompañar al Amor o destilar de Él, pero el pensamiento no es el Amor. El Amor es un flujo indecible y silencioso que corre a través del hombre.

Aquel que progresa en el sendero del corazón se da cuenta que el pensamiento, que al principio podía constituir una ayuda, se vuelve un obstáculo. Comprende que el pensamiento traiciona al Amor, lo limita, lo ahoga. Constata que en ausencia de todo pensamiento, su Amor es más fuerte, más amplio, más verdadero, más sutil y más luminoso. Así, poco a poco, aprende a Amar en un silencio interior total, y haciendo esto, supera el mental.

El Amor, por medio de una decantación sutil, debe liberarse del pensamiento. Por medio de esta decantación, aquel que no conocía más que los pensamientos afectivos, llega a la expresión de una pura afectividad virgen de toda formulación mental.

Aprender a Amar sin pensar. Aprender un Amor en el que se apagan las formulaciones mentales, constituye el summum del Amor. Iniciaros en este arcano: Mirad al otro, o bien evocad mentalmente su existencia, después desinteresaros del pensamiento y poned toda vuestra atención en lo inefable que de vosotros emana hacia el otro.

Enviar hacia el otro la paz, la luz espiritual que brilla en vosotros, eso es el supremo Amor. No penséis en la paz, en la luz o en la beatitud, sentid que más allá de las formulaciones mentales “Eso” va hacia el otro, esté o no físicamente presente.

Aquel que se Despierta a la percepción de la presencia en sí mismo de la Consciencia Divina. Quien a cada instante permanece como el Testigo eterno, universal, trascendente, libre e inafectado por los pensamientos y las percepciones del hombre. Aquel que sabe que su propia Consciencia, independiente de todo lo que atraviesa el campo de su percepción, es indisociable de la Unica Consciencia Divina, conoce la suprema Beatitud. Cuando esta Beatitud corre hacia el otro, el supremo Amor se manifiesta. Este supremo Amor no es indisociable de la Gracia Divina. He aquí, por qué aquel que aprende a Amar sin pensar se vuelve un canal de la Gracia Divina que vierte su luz sobre el mundo y trabaja en la Redención universal.

Mientras que penséis: “amo”, “amo como esto o como aquello”, “por esto o por aquello”, es un hombre que experimenta sentimientos egóticos, y los proyecta hacia el exterior. Pero cuando abandonéis el pensamiento y sólo dejéis al inefable Amor atravesaros, es Dios quien a través de vosotros Ama al hombre y a la Creación entera sin ninguna posibilidad de exclusiva.