ACTITUD SOCIAL

Encerrarse en la torre de marfil de una espiritualidad completamente introvertida, desinteresándose de las realidades sociales, no es una actitud justa.

Es por lo cual nuestra enseñanza propone un equilibrio entre el espíritu de acción y el espíritu de contemplación.

Ser un hombre de acción, un militante que trabaja por mejorar las realidades políticas y sociales, es un corolario de toda espiritualidad integral.

Numerosas son las obras a realizar. Debemos resucitar en nuestro mundo contemporáneo numerosos valores que corren el riesgo de perderse. Debemos elaborar nuevos valores destinados a reemplazar los que ya están caducos.

Debemos renovar igualmente las vías de acercamiento a la espiritualidad. Elaborar la gestación de una nueva sociedad que no esté basada ni en el totalitarismo, ni en la explotación del hombre por el hombre.

El papel de los que trabajan en la espiritualidad no consiste en retirarse de la sociedad, sino por el contrario, deben servir de fermentos para la colectividad. No deben claudicar delante de la realidad, sino integrarse en la corriente de fuerzas positivas que en nuestro tiempo obran en la eterna transformación del mundo.

Dicho esto, nuestra enseñanza no tiene por objeto el análisis de las coyunturas sociales. Tampoco incita a un compromiso político determinado. Su finalidad es y sigue siendo el posibilitar a cada uno el acceso a la realización espiritual. Sin embargo es importante precisar con toda la intensidad necesaria, que la mayéutica no implica ninguna incitación a la dimisión política, a la indiferencia social, a la actitud reaccionaria, o perezosa y egoístamente conservadora. Lo que por otra parte no quiere decir tampoco que sea conciliable con ningún fanatismo ideológico, que por su intolerancia, su estrecho punto de vista y su materialismo activo y dogmático, son incompatibles con cualquier clase de espiritualidad.

La realidad social es una realidad viva, y ninguna teoría prefabricada puede de forma válida y definitiva indicar el tipo de acción a seguir. Será siempre en función del análisis de la coyuntura histórica del momento la que deberá determinar la acción de todos los que no son presa de ninguna quimera doctrinal.

Nuestra enseñanza sólo puede pues invitar a cada uno a buscar, con toda libertad, el tipo de acción social más fecundo. Pues el amor a nuestros semejantes, que es proporcional a nuestro crecimiento espiritual personal, no puede, cuando es auténtico, quedarse en una caridad verbal o superficial que no se compromete a nada, y se preocupa de la suerte de sus hermanos con tal ligereza que no desea ningún cambio profundo que mejore su situación. No podemos dejar que siga siendo una utopía, rechazando confrontarla con la pesadez de las instituciones humanas.

Por otra parte el advenimiento interior del Despertar espiritual, clarifica la acción social y política. Pues gracias a él, el individuo deja de proyectar en la realidad colectiva, la proyección dualista de los problemas psicológicos que le habitan. Despojado de éstos, puede mirar el mundo con una visión objetiva y desapasionada, actuando en él sin hacer crecer la confusión general como la provocan de buena fe numerosos reformistas y revolucionarios cuya acción está manchada por su propia confusión.

Querer emanciparse de la realidad humana hasta llegar a la insensibilidad hacia el mundo para perderse en la transcendencia divina, es el fruto de una comprensión incompleta.

En efecto, no tiene sentido imaginarse que el fin espiritual del hombre deba ser el renunciar a la condición a la cual ha venido a encarnarse. Esa visión es declarar a la creación entera como un absurdo. Y en este caso, poner en tela de juicio la inteligencia del creador mismo.

Mientras que el materialista es un inválido voluntario en relación a los asuntos espirituales, el místico solitario es un inadaptado que no ha comprendido más que la mitad de la Realidad. Pues visible e invisible se interpenetran. Material y espiritual se completan. Transcendente e inmanente, lejos de oponerse, pertenecen a la misma verdad suprema, de la que ellos son la cara y la cruz.

Hemos venido a la tierra para realizar la condición humana, y no para huir de ella. Sobrepasar el estado humano comprendiendo el desarrollo de las potencialidades que contienen este estado. Hay que comprender todas las consecuencias de este hecho.

Para llegar a una espiritualidad integral, no debemos huir ascéticamente de la condición humana, hay que transfigurar todas las actividades del hombre.