DESAPEGO

El Despertar es el estado en el cual, despojados de todo apego, completamente libres, permanecemos en la bienhechora consciencia de la realidad espiritual.

El desapego se produce cuando tranquila y dulcemente, sin ninguna crispación, comprendemos, con todas las consecuencias que ello implica, que todo lo que en nosotros aspira al apego es exterior a nuestra verdadera naturaleza; ya que nuestra identificación con una personalidad es una identificación errónea. Sentir esto interiormente es encontrar el desapego. Cuando cesa la identificación, todo el apego a personas, objetos, lugares, ideas, sensaciones, sentimientos, se disipa como una bruma bajo la acción del Sol.

Para llegar al desapego, al verdadero y natural desapego, ninguna mortificación de la personalidad es necesaria, ningún esfuerzo ascético, ningún procedimiento de represión, ninguna acción contra natura es requerida. El desapego es el resultado espontáneo de una toma de consciencia, de una profundización y una extensión de la consciencia. Cuando se produce el Despertar, comprendemos que el desapego es una característica de nuestra verdadera naturaleza. El apego nos resulta desde entonces una monstruosidad anormal engendrada por la ignorancia metafísica fundamental de la que es presa el hombre. Conseguir el desapego no es cultivar una nueva facultad, sino poner fin al estado enfermo en el que nos encontrábamos. Es encontrar nuestra forma de ser original y espontánea.

El apego es el fruto de una identificación ignorante y perniciosa con la personalidad humana. Por una disciplina artificial, esta personalidad puede imitar al verdadero desapego. Así nacen los ascetismos, que lejos de terminar con el dolor, crean otros nuevos.

A veces, después de amargas luchas internas, el objetivo del ascetismo es alcanzado; una especie de caparazón hecho de rigor y de insensibilidad vuelve a la personalidad indiferente a las atracciones del mundo. Pero, ¿qué es lo que se ha obtenido en realidad?. Una simple modificación en el seno de los componentes de la personalidad. Esta última, por la fuerza de la voluntad, ha llegado a adquirir ciertas características particulares. Eso es todo, y es bien poco.

Esta desapego ha nacido de una imitación, y así permanecerá sin ningún valor.

Tal aberración es el resultado del siguiente proceso: En presencia de seres Despiertos, aquellos que los rodeaban y que eran habitados por una preocupación espiritual, han querido copiar su actitud, esperando así llegar a las cimas espirituales que ellos habían alcanzado.

Los discípulos han imitado el desapego que habían observado en su Maestro. Después de su muerte han continuado enseñando ese falso desapego, formando a discípulos que lo han enseñado a su vez. Pero este desapego, en lugar de ser el fruto de una toma de consciencia y de un florecimiento interior, no ha sido más que la imitación de un conjunto de actitudes. Estas actitudes no eran la resultante natural de una superación del ego, eran más bien una constricción dolorosa, impuesta por la personalidad a la personalidad. Su fidelidad les hizo caer en una trampa, pues hacer actos parecidos o iguales a los realizados por un Despierto, no conducen al Despertar. El Despertar no es el fruto de una actitud exterior, sino el producto de una maduración interior. Esta equivocación ha sido cometida muchas veces a lo largo de la historia en diferentes religiones. Quien la conozca buscará el desapego sin caer en el ascetismo.

Para sentir apego por algo, debemos estar antes identificados con lo que en nosotros concibe el apego. La consciencia observa, es testimonio silencioso que ve todas las manifestaciones. Pero la consciencia no se apega a nada. Esta consciencia está mucho más allá que el hombre que se apega, que gana y que pierde. La pura consciencia no contiene nada, y por ello mismo no puede ganar ni perder nada. Ella es el Ser puro. Si vivimos al nivel del hombre es normal sentir apego por las cosas, pues el hombre está lleno de deseos. Pero si vivimos al nivel de la consciencia intemporal, ningún apego es posible. La consciencia intemporal contempla con una mirada igual las pérdidas y las ganancias del hombre. Para ella no hay pérdidas ni ganancias, tan sólo diferentes espectáculos que se desarrollan delante de su inmutabilidad. Cuando poniendo fin a la caída original vivimos a nuestro nivel, es decir al nivel de esta consciencia intemporal, el hombre no es otra cosa que un espectáculo. No hay apego por un espectáculo, se aprecian ciertas cosas, se desaprueban otras, pero sin identificación ni apego.

El desapego, cuando es espontáneo y natural, es un signo del Despertar. Conocer los signos es una ayuda.

Pasar todos vuestros apegos por el fuego del Despertar. Cuando sintáis vibrar en vosotros un apego cualquiera, considerar las cosas desde el punto de vista del Despertar. Pasar revista a vuestros apegos y después de haberlos evocado interiormente, observarlos con el ojo del Despertar. Para ello no hace falta hacer ningún esfuerzo, pues el verdadero desapego es un producto del Despertar, y todo apego voluntario es un error. Los esfuerzos que debéis hacer son los que se necesitan para salir del sueño, y se está dormido mientras haya inconsciencia espiritual. Los apegos son uno de los soporíferos más poderosos. Todo tipo de apego te sumerge en las apariencias fenomenales, haciéndote olvidar la realidad que se encuentra detrás. Debemos pues acordarnos del Despertar y diluir nuestros apegos en Él.

Cuando se ha sentido el Despertar, aunque sólo haya sido una vez y con apenas intensidad, el trabajo consiste desde entonces en producir o reproducir frecuentemente este estado y la sensación interior que le acompaña. Donde quiera que se presente, todo apego desaparecerá, y una maravillosa libertad será nuestra. No se trata de estar de vez en cuando despierto y el resto del tiempo en el más profundo sueño. Es necesario introducir sistemáticamente el Despertar allí donde los apegos tienen la costumbre de manifestarse.

Para permitir que este Despertar se produzca, debemos independizarnos de los fenómenos de la individualidad, observándolos y percibiéndolos como extraños a nosotros mismos. La observación integral culmina con la toma de consciencia de nuestra naturaleza intemporal. Esta toma de consciencia es el Despertar con el desapego total que éste conlleva.

Encontrar el desapego es liberarse. Ya nada nos encadena. La más absoluta independencia de nuestra interioridad transcendente con respecto al mundo y al hombre, se vuelve una realidad viva.

Ver y contemplar las pasiones, los deseos y los temores con el ojo de la consciencia interior. Contemplarlos y sentirlos como independientes de nosotros, como otros que nosotros, es encaminarse hacia el desapego. Sin esfuerzo, sin lucha, con dulzura y en la más elevada plenitud.

Mira los amores, los odios, las ambiciones, la avidez, como simples objetos un poco irrisorios. Siente que su satisfacción es importante para ellos, pero no para nosotros. Siéntete disociado de las agitaciones, de los cálculos, de las esperanzas y de las angustias que los habitan. Constata que tienen un lejano parentesco contigo, y que no los necesitas. Date cuenta de cómo la lucidez deseca sus pasiones y destruye sus manifestaciones, mientras que una profunda calma se instala.

Percibe cómo son cortadas las ligaduras que nos ataban al mundo, y cómo al liberarnos de ellas penetramos en la inmensidad de los espacios intemporales.

En esto consiste el proceso del desapego.