LA CONSCIENCIA INTENSA

Estar despierto es estar plenamente atento. Si dais un fin a vuestra atención, si os decís: “debo estar atento a esto o a lo otro”, habéis caído en la trampa de las consideraciones mentales, y os perderéis sin llegar al Despertar.

Cualquiera que practique el Despertar descubre poco a poco el silencio, la vida, la inmensidad del que percibe. Si el mental se apodera de esta experiencia y dice: “esta vida, esta plenitud dichosa, esta inmensidad transcendente es Dios, es Brahman, es el Nirvana, es preciso que me concentre sobre ello y que permanezca constantemente en la contemplación de eso, con el fin de realizarme espiritualmente”. Esta clase de reflexión mental es fundamentalmente errónea. Es una trampa sutil de la que es preciso escapar.

En primer lugar hay que comprender que si uno se dice: “hay esta inmensidad silenciosa, y debo concentrarme en ella”, esto significa que la identificación con el hombre se sigue produciendo. Estando identificados con el hombre deseáis uniros a Dios, alcanzar el Nirvana, o bien fundiros en Brahman. Esta manera de hablar que puede ser aceptable para un debutante es de hecho totalmente errónea si estáis comprometidos seriamente con el Despertar.

No existe la transcendencia del vacío y la plenitud silenciosa por un lado, y vosotros por otro lado. La práctica del Despertar ha debido haceros comprender que vosotros sois ese vacío y ese silencio. Por lo tanto, no hay nada que obtener, nada que realizar, ningún camino que recorrer. En este mismo instante, aquel que percibe este libro, este cuerpo, este lugar, este espacio, estos sonidos que llena el instante, aquel que percibe todo eso es usted mismo, y ese usted mismo es silencio, vacío, inmensidad.

Sólo aquellos que hacen teorías o dogmas a este respecto pueden imaginarse que uno debe alcanzar el infinito.

Es una experiencia inmediatamente accesible a todos, es evidente que nosotros somos el espectador silencioso, impalpable e inmaterial del instante presente. Por lo tanto es preciso que usted sienta su “yo” eterno, su Ser puro con el fin de saber: “yo soy ello”. Yo soy esta inmensidad indescriptible. De esta manera se sabe que no hay nada por alcanzar.

Cuando sentís vuestra inmensidad, estáis en vuestra naturaleza esencial y transcendente. Habiendo comprendido esto, ¿se debe considerar que el espectáculo del mundo constituye una terrible tentación, que tiene el riesgo de distraeros de la contemplación de vosotros mismos?.

Si respondéis afirmativamente habéis caído en la trampa de un narcisismo metafísico. Seréis un Narciso ahogándose en la contemplación, obstinado, crispado y exclusivo del océano de vuestra consciencia. Usted cree poder realizar un trabajo de precisión permaneciendo sumergido en la contemplación de la infinitud de su vacuidad transcendente. ¿Usted cree poder conducir muy rápidamente una moto sobre un terreno accidentado y sumergido en la percepción de la inmutable gloria de lo sin forma?. ¿Usted cree poder jugar con sus hijos de una manera que les divertirá realmente si entrar en su juego?.

Usted debe contemplar libremente el infinito y olvidar el infinito para absorberos en la percepción del mundo. La vía auténtica es muy simple pero no establece ninguna distinción preferencial entre el mundo y la transcendencia.

Usted debe realizar la unidad y la equivalencia del mundo y de la transcendencia. No os aferréis a la transcendencia y tampoco os dejéis absorber por los fenómenos. Que vuestra atención vaya libremente de lo uno a lo otro.

Querer permanecer constantemente fijo en la transcendencia, es creer que podéis perder este conocimiento. Es absurdo puesto que: “vosotros soy ello”.

Rechazar el dejarse distraer por el mundo es no saber que este es un juego en el seno de vuestra eternidad.

El velo de las apariencias fenomenales no es más que algo cambiante que surge del interior de vuestro abismo, que no dura más que un instante, esfumándose sin dejar olas en el interior de vuestra única consciencia oceánica.

Eso que sois al nivel transcendente, no puede perderse. Cuando conocéis verdaderamente el Despertar, sabéis que una simple dirección de la atención os hará reencontrar los éxtasis de lo sin límite cada vez que lo deseéis. Desde entonces, el mundo no es más una prisión, es un parque dentro del cual os paseáis libremente.

En la actividad más absorbente que requiere una concentración total de la atención, así como en la contemplación más profunda en la que el cuerpo y el mundo se olvidan mientras la mente está totalmente silenciosa, tanto en un caso como el otro, conserváis el mismo denominador común, el que es el fundamento del Despertar. Este denominador común es la intensidad de la consciencia. Intensidad en la que la consciencia tienen consciencia de ella misma. Intensidad en la que la consciencia se siente existir en tanto que consciencia.

La totalidad de la enseñanza se resume, por tanto, en esta frase: “en toda circunstancia estad atentos, y en esta atención tened la sensación de ser la consciencia que percibe”. Desde el momento en que se comprende esto, y se ha puesto en práctica, ya no hay necesidad de libros o de enseñanza.

La necesidad de la enseñanza reside en el hecho de llegar a convencer al debutante de que todo reside en esta única práctica. No siempre es fácil, pues el mental adora las cosas complicadas. Todas las falsas espiritualidades prescriben prácticas que se vuelven cada vez más complejas. Cuanto más compleja es la práctica, más se encuentra alimentado el mental y reforzado por ella: Por el contrario las verdaderas espiritualidades van de lo complejo a lo simple, y cuanto más elevadas son sus prácticas más simples se hacen.

Analizad la complejidad de las prácticas y teorías ocultistas, teosóficas, mágicas, etc., y comprenderéis fácilmente que todo ello constituye un rico alimento para el mental. Sólo un método simple y extremadamente depurado puede conducir a la superación del mental. En el precepto “estad atentos a la consciencia que percibe”, el mental no encuentra ningún alimento. Es una práctica que desvela las imperfecciones y los límites del mental en lugar de enriquecerlo. Es una práctica que revela paulatinamente lo que hay detrás, el plan de silencio que subsiste inmutablemente detrás de todos los movimientos del mental.

Comprended que independientemente de su valor o de su carácter erróneo, todos los discursos sobre la cosmología, el fin del mundo, los mundos hiperpsíquicos, las otras psiques, los extraterrestres, la constitución oculta del hombre, los ciclos cósmicos, las antiguas civilizaciones, las facultades parapsicológicas, la vida post-morten, los ritos, el simbolismo, la astrología, las ciencias adivinatorias, los contenidos del inconsciente, constituyen verdaderos alimentos para el mental.

Cuando se sabe que la realización espiritual necesita la superación del mental, está claro para vosotros que todos esos discursos no son otra cosa que la falsa espiritualidad. Si les prestáis atención, os llevarán a otros estudios, análisis y prácticas interminables. Es preciso reducir este estudio interminable, pues os aleja radicalmente del Sendero de la superación de lo mental.

No obstante está permitido hablar de esta clase de cosas con el fin de satisfacer el intelecto humano, respondiendo a determinados interrogantes que el hombre se plantea. Pero toda enseñanza espiritual que hace de esta clase de estudios lo esencial de su contenido es una enseñanza que cae en las trampas del mental.

Alejado de todas estas especulaciones, nociones, conocimientos, teorías, o prácticas inútiles se sitúan en el camino de la atención a la consciencia. En la atención a la consciencia toda actividad cobra un nuevo sentido que puede parecer extraño y fantástico al principio. Ir a comprar comida con una perfecta atención a la consciencia, volver a casa, cocinar, hablar con un compañero de trabajo, trabajar, todo eso no exige ningún conocimiento particular. Es sin embargo el camino de la libertad y de la realización. Cuando estoy muy atento a la consciencia misma, el pensamiento que aparece en la consciencia no es más que un fenómeno secundario. Este camino es una escuela de simplicidad y de humildad a nivel humano. Descubro que no hay actos importantes, ni circunstancias espiritualmente importantes. Todo es importante. Lo que cuenta es el grado de atención tranquila a la consciencia que aporto a cualquier acto.

Cuanto más atención sin crispación se consagra a la consciencia en el momento presente, más intensa y profunda se torna.

A toda cosa es necesario aportar un suplemento de atención. Estando atento en el sentido corriente del término, constato que puedo estar más atento y en ese suplemento de atención que aporto al instante presente, instante en el que el hombre está activo o puede no estarlo, en ese suplemento de atención reside el surgimiento del Despertar a la inmensidad de nuestra consciencia.

Un ejemplo: estoy esperando al autobús. En este acto hay atención, pues es preciso vigilar la aparición del vehículo con el fin de tener tiempo de hacerle la señal necesaria para que separe, y paralelamente observo las gentes, pienso en eso o aquello, es decir se requiere una determinada forma de atención. Pero el grado de esta atención es débil. Habiendo comprendido esto, y acordándose de la posibilidad de una atención más intensa, aunque no crispada, refuerzo la calidad de la atención. Estando más atento, lo que se vive en el instante se modifica, se deja de ser un hombre que espera al autobús, y me convierto en una presencia inmaterial e indefinible que percibe un hombre que espera al autobús. Los pensamientos del hombre, sus actitudes, sus eventuales impaciencias, curiosidades, observaciones, reflexiones, etc. aparecen formando parte del instante de la misma forma que los coches pasan y algunos pájaros cantan. Este hombre no es para mí más que una percepción. Hay desidentificación implícita de este instrumento de percepción gracias al cual veo llegar al autobús, respirar los olores de esencia, y escuchar los pájaros. Este desidentificación está implícita pues se trata de una evidencia perceptiva que no tiene nada que ver con el hecho de cultivar al nivel mental el pensamiento de la desidentificación.

La liberación auténtica es la liberación de la identificación, pues es debido a la identificación con el hombre que existe la sensación de estar atrapado en el hombre y en el tiempo. El Despertar contiene pues una liberación implícita que nada tiene que ver con la producción de pensamientos respecto a la liberación.

Mi atenta lucidez engendra una modificación en el comportamiento de este hombre que percibo, y a partir del cual percibo el mundo en el que evoluciona. El hombre iluminado por la intensidad de mi consciencia constata que su impaciencia es ridícula. Se calma y cesa de ir y venir de una manera absurda. Mientras viaja en el autobús, los juicios que emite sobre la apariencia física de los pasajeros son percibidos. En esta percepción, que posee la claridad y la intensidad del Despertar a la presencia de nuestra consciencia, resulta clara la falta de caridad, la mezquindad y los prejuicios. Resultando una toma de consciencia en la que el hombre ya no se siente a gusto con este tipo de pensamientos. De esta manera la actitud mental hacia los demás se transforma.  Mientras el hombre viaja, yo siento mi inmovilidad eterna. Sólo las formas se mueves y desplazan. Lo que yo soy, la inmensidad informal de la consciencia, la inmensidad informal de mi presencia inmaterial e impalpable, que no está ligada al cuerpo, permanece inmutable en una beatitud intemporal que la vida, la muerte, y las vicisitudes del hombre no le alcanzan. He aquí lo que constituye el camino de la atención a nuestra propia consciencia, con el conocimiento que resulta de ello.

Cualquiera que camine sobre este sendero comprende claramente la trampa de la vida contemplativa. Los métodos de contemplación tienen por inestimable ventaja ayudarnos en el silencio, la soledad y la inmovilidad para descubrir la inmutabilidad dichosa de nuestra vacuidad consciente. Tal es al menos la finalidad de los métodos auténticamente espirituales, que no se pierden en el desarrollo o análisis de tal o cual aspecto del psiquismo.

A partir de esta adquisición positiva, la trampa surge de dos formas. La primera consiste en crear un nexo entre la vida activa y la vida contemplativa. Los que caen en esta trampa llegan a un Despertar contemplativo, pero no conocen más que el Despertar contemplativo.

Esto significa que en la inmovilidad, el silencio, la soledad y la inatención al mundo, su consciencia deviene intensa y tiene la sensación de su propia libertad e infinitud. Cuanto más se olvidan del mundo, del cuerpo y de la mente, más intensa perciben su Realidad intemporal. Esta percepción constituye un inmenso progreso espiritual, pero la trampa reside en su carácter exclusivo para muchos aspirantes que no conocen más que el Despertar contemplativo, la vida mundana se convierte en una molestia.  Sólo conciben la realización espiritual retirándose del mundo. Acaban por ser incapaces de realizar la perennidad de su existencia transcendente que permanece inafectada por las actividades y las percepciones del hombre. No perciben el carácter lúdico del movimiento fenomenal. La vida humana por su carácter acaparador constituye para ellos una molestia que borra la dichosa percepción de su eternidad, molestia que soportan con disgusto. Es una realización espiritual incompleta.

Para evitar esta molestia es necesario desde el principio dar gran importancia a la práctica del Despertar dentro de las actividades cotidianas así como en los momentos de recogimiento contemplativo.

Constatando la importancia de esta trampa ciertos maestros han prohibido la práctica de la inmovilidad contemplativa. Tal rechazo es extremista. Es lo inverso del error consistente en no buscar el Despertar más que dentro de la inmovilidad silenciosa. La práctica cotidiana de ciertos momentos consagrados a la inmovilidad, y el olvido del mundo, y del hombre, constituye una ayuda preciosa en el camino del descubrimiento de nuestra verdadera naturaleza. Lo que hay que evitar es limitar la práctica del Despertar a esos momentos de aislamiento.

La segunda trampa concierne a la práctica del Despertar en la actividad. El aspirante que tropieza con este obstáculo sabe intelectualmente o por experiencia que su verdadera naturaleza es una eternidad de silencio y de vacío. Un vacío sin límite, lleno de su propia presencia. Un vacío que constituye su realidad auténtica. Sabiendo esto, busca concentrar su espíritu y sumergirse en el silencio y el vacío de la transcendencia en sus actividades. Esta clase de práctica puede producir resultados satisfactorios cuando la actividad es poco absorbente. Puedo pasear, comer o vestirme sin prestar atención y permaneciendo casi totalmente sumergido en la infinitud del vacío interior. Este se convierte de alguna manera en un actuar de manera mecánica. Tal práctica de inmersión en la transcendencia en la acción no está prohibida. Pero no puede hacerse más que en las actividades secundarias. Es incompatible con las actividades que necesitan de gran concentración para su cumplimiento.

Esta práctica es una trampa, pues constituye una falsa solución para la necesaria integración del Despertar a la vida activa. Cumplir en un estado de casi inconsciencia un cierto número de actividades banales, no hará más que aumentar el problema de las actividades que requieren más atención. Nuestra vida se dividirá por un lado en la inmersión en la transcendencia dentro de la inmovilidad y en actividades poco absorbentes, y por otro lado en actividades absorbentes. Este dilema no tiene salida, pues sumergirse voluntariamente y mantener nuestra atención en la transcendencia será siempre actuar de manera distraída. Esto no podrá llegar nunca ser la práctica de un hombre que lleva una vida mundana y profesional en donde un gran número de actividades necesitan de una atención sostenida para ser cumplidas correctamente.

Cuando uno se queda en este dilema, es preciso acordarse de: “Aquel que quiere captar el Principio se aleja”.

No es concentrándoos en la transcendencia que encontraréis lo inmutable en el seno de la actividad, es concentrándoos sobre vuestra actividad que percibiréis la inmutable claridad del vacío de vuestra consciencia dentro de la cual vuestras actividades se cumplen.

Vuestra atención debe fijarse sobre la actividad a realizar, no debe haber una inmersión voluntaria en las profundidades de la consciencia. Lo que debe haber es paralelamente a la concentración en la actividad a realizar, la sensación de que esta actividad se desarrolla dentro de vuestra consciencia que engloba la totalidad de lo percibido exterior e interiormente al hombre.

Estando plenamente consciente de vuestra actividad, descubriréis lo que permanece inactivo en vosotros dentro de la actividad. Descubriréis lo que contempla la actividad. En la plenitud reaparece el vacío, por lo mismo que dentro del vacío surge la plenitud.

No se trata de una paradoja filosófica sino de una constatación práctica. Cumplid vuestros trabajos aportándoles el suplemento de atención necesaria. Es decir, haciendo más atento su cumplimiento, y haréis la experiencia del silencio en el ruido, de la inmovilidad en el movimiento. Siendo más conscientes, la sensación de la consciencia que percibe se hará clara en vosotros, y cuando se permanece en la sensación de la consciencia infinita que percibe cualquier cosa, se está libre.

No hay voluntad de sumergirse o de concentrarse en esta consciencia infinita. La consciencia infinita es el ambiente o el espacio dentro del cual todas las cosas son percibidas; la consciencia infinita es el ambiente del espacio en el que nos concentramos en el cumplimiento de la actividad.

Si usted trata de aferrarse o de sumergirse por un esfuerzo voluntario en la percepción del vacío de la transcendencia, concentrándose totalmente en él, y al mismo tiempo realizar una tarea absorbente, se está haciendo una disciplina contradictoria, y no llevará a ningún resultado duradero. La transcendencia se escapará, o bien se perderá el control sobre la actividad.

Por el contrario, si al hacer un trabajo manual o intelectual, se polariza toda la atención sobre el trabajo con una concentración perfecta, el silencio se establece. No el silencio que se abstrae del mundo, sino el silencio de aquel que está enteramente presente en lo que hace. En ese silencio desprovisto de movimientos parásitos o divergentes del mental, es ese silencio la revelación del vacío y de una inmutabilidad englobante de la consciencia que percibe el instante presente, reaparecerá misteriosamente.

Es pues dando la espalda aparentemente a la transcendencia y estando plenamente atento a los fenómenos que llenan el instante presente como el trasfondo englobante, inmutable y transcendente se perfila en vuestra experiencia de manera clara.

La práctica será pues doble: en los momentos de recogimiento cotidiano, usted se retira del mundo, y sumerge su atención en lo informulable, inefable e inconmensurable presencia de vuestra consciencia. En sus actividades, usted lleva su atención al mundo y la absorberá en el instante presente hasta que la sensación de la consciencia que percibe el instante presente sea clara en usted.

Conocer la transcendencia sin concentrar su atención en las actividades, es condenarse a olvidar sin cesar la transcendencia. Por el contrario, cuando se está totalmente presente en lo que se hace, la calidad de la atención conduce sin cesar a la percepción de la consciencia que percibe el instante presente, lo engloba y lo transciende.

La experiencia confirma pues plenamente la afirmación según la cual: “cuanto más se quiere asir la transcendencia más se aleja la realización”.

Conoced la transcendencia en los momentos de recogimiento contemplativo, sumergiros libremente en ella olvidando el mundo. Pero cada vez que la actividad o la circunstancia exija vuestra atención no os aferréis a la plenitud del vacío, permaneciendo sumergidos o concentrados en la transcendencia, sino entrad totalmente en el movimiento de la plenitud, y en él, volved a encontrar lo sin forma. Pues en verdad toda forma es percibida en el interior del vacío de vuestra consciencia. Ser conscientes del espacio en el que se percibe al mundo y al hombre.

Todo esto en definitiva consiste en: “tanto en la contemplación como en la acción estad atentos a la consciencia”.

Hay una atención contemplativa que nos retira fuera de la percepción del mundo. Hay una atención activa que nos absorbe en el desarrollo de los fenómenos. Tanto en un caso como en el otro cuando la atención es intensa, la consciencia es intensa y cuando la consciencia es intensa ella tiene la sensación y el conocimiento implícito o explícito de su infinitud y de su transcendencia.

La consciencia reducida es la ignorancia y el sueño espiritual. La consciencia intensa es el conocimiento y es el Despertar transcendente.

Practicando lo que acabamos de decir, usted se aproximará al objetivo, pero no lo alcanzará. ¿Por qué?. Porque tanto prestar atención a vosotros mismos, en tanto que consciencia, o bien prestar atención al cumplimiento de la  actividad, todavía es estar en el nivel de la atención. De una atención que puede reforzarse o debilitarse, y que puede estar orientada en una dirección u otra. Pero vuestra Realidad última se encuentra más allá de la atención y de la inatención, más allá del conocimiento y de la ignorancia. Para comprender esto será necesario realizar la última discriminación. Pero esto es otra historia.