LA INEXISTENCIA DEL EGO

Todos los tormentos, todas las angustias, tienen una raíz común. Esta raíz se llama ego, esta raíz es el yo. “Yo, yo pienso, yo creo, yo hago...”. La vida del profano está basada en el yo. Si dejas de creer en su existencia ya nada podrá afligirte. Es tu yo el que gana o pierde. Si él deja de existir, no puedes ganar ni perder nada. Un gran vacío se instalará en ti, el vacío de la libertad.

¿Existe verdaderamente tu yo?. Esta pregunta puede parecer absurda, sin embargo no lo es. Crees en la existencia de una individualidad separada, de un yo personal, pero en realidad no se trata más que de una creencia. No es una constatación observable, y ya sabemos que las creencias son simples fantasías mentales.

En efecto, tenemos la sensación de existir, pero, ¿prueba esta sensación la existencia de una individualidad llamada Yo?

Que la existencia existe, ya lo sabemos.

Que hay un hombre de cabellos rubios, un cuerpo de esta manera u otra, con tales o cuales ideas, con unos u otros gustos y sentimientos... Todo esto es indiscutible, lo podemos observar. Pero, ¿detrás de todo esto, hay un yo individual?. Esta es la pregunta que debemos hacernos.

Al pasear por un bosque podemos observar toda clase de árboles, plantas, composiciones geológicas, animales que se refugian en ellas, inútil seguir con esta enumeración. Todo esto forma un todo: es el bosque. Este bosque posee ciertas características, destila una impresión y una influencia propias. Le damos un nombre para distinguirlo de otros, y así se convierte en el bosque tal. Pero todo esto no es más que la resultante de la suma de elementos que lo componen. Nada nos permite creer que el bosque posee un yo o un ego individual.

Es algo vivo que habla al corazón y a los sentidos. Sin embargo, si retiramos la totalidad de los elementos que constituyen el bosque, este dejaría de existir. No se trata pues sino de un conjunto de elementos naturales y de influencias psíquicas, más allá de las cuales no existe nada que sea personal.

Lo mismo sucede con el hombre. Éste está formado por un conjunto de componentes físicos y psíquicos. Estos componentes, unos groseros y otros sutiles, pueden ser catalogados y enumerados. Tienen diversos orígenes, pero ninguno de ellos contiene tu yo, y si los retiramos todos, el hombre deja de existir.

¿Dónde pues se encuentra tu yo?

Tu yo no existe, esta es la verdad.

¿Puedes designar una parte del cuerpo, un pensamiento, una idea, una aspiración, un instinto, un sentimiento o cualquier otro constituyente de la personalidad y decir: éste es mi yo?.

¡Es imposible, no es cierto!.

Entonces estás postulando una entidad invisible a quien pertenecería todo lo que compone la personalidad. Esta es la creencia en el yo, pero esta creencia no está basada en nada, no es más que una creación de la mente, y si quieres percibir la Realidad, debes abandonar todas creaciones falsas.

El nacimiento ha unido un conjunto de factores físicos y psíquicos: ésta es la única realidad observable.

En nosotros no existe ninguna entidad, ni ningún yo, ni ningún ego, ni nada parecido... sólo la Consciencia. Esta consciencia que hemos dado en llamar Yo profundo, para distinguirla del falso yo superficial y aparente, del que ahora estamos denunciando su inexistencia. Esta consciencia por la que conocemos la existencia y que es la consciencia del Ser.

Esta consciencia no contiene la mínima huella de ego alguno, está completamente vacía.

Esta consciencia no es nuestra consciencia personal, pues en ella no hay nada y este mismo vacío lo contiene todo.

La mente tiene miedo de este vacío. Para protegerse de él, la mente ha creado toda clase de creencias. Eso le tranquiliza. Es agradable creer que somos una personalidad inmortal. Lo que hace atractivas a una gran parte de las creencias religiosas y espirituales es su afirmación sobre la vida individual en el más allá. Los pobres humanos, enfrentados al angustioso problema de la muerte, se precipitan sobre esas creencias que animan sus espíritus crédulos.

Pero la verdad es otra. Y la vida post-mortem, bien que real, no es para la personalidad ignorante más que un plazo. Poner sus esperanzas en ella no es más que desplazar el problema sin resolverlo.

Aún más, en nuestro estado de existencia actual, nos resulta imposible constatan la existencia de la vida post-mortem. Para nosotros ésta última, bien que efectivamente existente, no es más que una hipótesis. Encontrándonos fuera del campo de nuestra existencia, la vida post-mortem es un simple contenido de la mente, un simple objeto de creencia. Por lo tanto, no nos preocupemos de él, y concentrémonos en las cosas tal y como son aquí y ahora.

La realidad no puede ser lo que será. La realidad es lo que es ahora. Nuestra realidad es pues la de nuestra existencia. Para percibir esta realidad, debemos despojarnos de todas las creencias que embarazan nuestro espíritu, pues la liberación interior no es algo engendrado por un acto de creer, sino por un acto de percepción. Las creencias están elaboradas por la mente del hombre, interponiendo su pantalla delante de nuestra percepción del mundo, deformándola y haciéndonos perder la lucidez que se necesita para nuestra empresa.

Dejar de creer en la existencia de un yo individual, de un ego personal, de un alma inmortal en el sentido psicológico de la palabra, es liberador. Cuando esta verdad desciende a nosotros, abandonamos toda tensión, toda avidez. Comprendemos que nuestra personalidad está compuesta de la unión momentánea de un conjunto de factores.

Saber que no hay ego, es liberarse del miedo a la muerte. La vida une y dispersa los conglomerados a través de los cuales se perpetúa. El hombre que lee, es uno de esos conglomerados impermanentes. Nada nos pertenece y nada podemos perder. La sensación de nuestra existencia reside en la Consciencia. Esta consciencia que contempla la vida.

En esta apacible contemplación silenciosa reside la Gran Paz.