LA OBSERVACION DE LOS SENTIMIENTOS

Observa los sentimientos. No te contentes con estar feliz, triste, enfadado o enamorado. Observa la presencia de los diferentes sentimientos. Toma conciencia de su aparición, de su intensificación y de su desaparición, así como de las sensaciones mentales que acompañan estas manifestaciones. Contempla el espectáculo de los sentimientos.

El profano se deja llevar por sus sentimientos. Estos le aturden y le embrutecen. Cuando un sentimiento suficientemente fuerte se despliega en él, lo sumerge en un estupor que, a pesar de las apariencias, no es sino una forma de inconsciencia. Ya no es un individuo llevado por su propia conciencia, sino un individuo llevado y habitado por este o aquel sentimiento. Lo que en él es consciente no es su propia conciencia, sino la conciencia del sentimiento. ¡Que la conciencia permanezca siempre consciente de sí misma!. Tal es la finalidad de la observación.

Ser consciente de un sentimiento no limita su intensidad o su delicadeza. Al contrario, a través de la observación se acentúa la intensidad de los sentimientos. Ser consciente de un sentimiento no significa dejarse llevar por lo emocional, sino permanecer uno mismo en toda circunstancia.

Cuando un profano se siente triste o feliz, es consciente de ser feliz o de estar triste. Cuando un iniciado es feliz o está triste, es consciente de ser conscientemente feliz o estar triste. Es esta consciencia de la consciencia lo que debemos desarrollar.

Ser feliz como todo el mundo, o ser un observador consciente de la presencia de alegría o de cualquier otro sentimiento, es muy distinto. Cuando soy consciente de la presencia de un sentimiento, mi observación interior crece y se profundiza mi percepción del sentimiento en cuestión. El sentimiento no es ya un simple fenómeno que se impone a mi consciencia, sino el sujeto de análisis de mi consciencia. Mi actitud, en lugar de ser pasiva y de limitarse a sufrir una manifestación, es activa y aprehende voluntariamente la manifestación. Resulta de esta introspección un conocimiento liberador. Por la observación aprendo a tomar distancia. El sentimiento deja de tener un efecto hipnótico para mi consciencia. Percibo la alegría, la cólera, el amor o cualquier otro sentimiento con una particular claridad, pero mi percepción ya no está limitada por el sentimiento que se manifiesta. Ésta permanece libre, independiente y observadora. Repitámoslo, esto no lleva a ninguna clase de insensibilidad o de disminución afectiva. La observación de los sentimientos nos encamina hacia la independencia. Los sentimientos son tan solo huéspedes pasajeros y no es normal que vivamos zarandeados de un lado a otro según se manifiesten.

Realizando este tipo de observación, seremos los dueños de nuestros sentimientos. No se trata de lograr este dominio por la fuerza. “Lo natural viene por sí solo”. Si queremos deshacernos de un sentimiento por la fuerza y la censura disciplinada, entablaremos con él una lucha agotadora que absorberá nuestras energías sin otro resultado que la atrofia de nuestra sensibilidad, fijando además ese sentimiento en el inconsciente, con los trastornos que de ello se deriven. Con la observación, el fondo de la personalidad termina por modificarse. Las manifestaciones expresivas del comportamiento no harán sino reflejar esta modificación en profundidad. No habrá pues ni censura ni represión.

Los sentimientos son como vampiros. Quieren acapararnos, absorber nuestras energías. La atenta observación pone de manifiesto su falsedad. En muchos casos, su inutilidad, su estupidez o su trivialidad nos aparece claramente. Los sentimientos negativos que se nutrían de nuestra inconsciencia no pueden soportar la luz de una toma de consciencia. Es como una mirada mental o como una especie de psicoanálisis, que los hace desaparecer. Al observarlos nos aparecen bajo su luz verdadera, sin falsas justificaciones. Descubrimos los procedimientos que utilizan para deslizarse hasta llegar a nuestra consciencia. Al observarlos los despegamos de nosotros mismos. Ya no somos una persona triste, sino que estamos habitados por la tristeza, o por la cólera, o por cualquier otro sentimiento. Si fuéramos una persona triste no podríamos arrancar la tristeza de nosotros, pues esto equivaldría a arrancarnos a nosotros mismos. Pero si por la observación tomamos consciencia de estar simplemente habitados por la tristeza, es posible entonces echar fuera a este huésped indeseable, percibido ahora como independiente de nosotros mismos. Para expulsarlo ningún esfuerzo ha sido necesario: miramos atentamente y desaparece. Del mismo modo, ser conscientes de nuestra impaciencia en el momento en el que la impaciencia se produce, es dejar muy pronto de ser impaciente sin haber hecho para ello ningún esfuerzo por reprimir esta emoción-sentimiento. La impaciencia o cualquier otro sentimiento negativo puede ser vencido sin esfuerzo, basta con la toma de consciencia que resulta de la observación.

Todos los sentimientos deben ser observados, los negativos como los positivos. Con la práctica los sentimientos negativos desaparecen, mientras que los positivos, manteniendo siempre su intensidad, seguirán en su sitio, sin transformarse en pasiones exigentes, autoritarias y absorbentes.

Si podemos llevar hasta sus últimos extremos la violencia, la cólera, si podemos sucumbir en la desesperanza del amor, los celos obsesivos, o el pesimismo integral, es porque nuestra conciencia se ha apagado, sumergida en un flujo de sentimientos. Por medio de la observación, nuestra consciencia permanece consciente de sí misma y ningún sentimiento podrá establecer en nosotros una especie de posesión vampírica, que nos lleva a tales incongruencias.

Al hacernos independientes de nuestros sentimientos, nos hacemos señores de nosotros mismos. Los sentimientos positivos son flores maravillosas y delicadas que da gusto verlas crecer; pero si nos agarramos al tronco de una flor gigante y la dejamos que se convierta en una planta carnívora que se nutra de nuestra sangre, ¿dónde está el placer?.

Así como hay algunos días en los que al mirar por la ventana constatamos que el cielo está nublado, y otros días constatamos que está azul, así mismo percibimos que la tristeza, la fatiga, la desesperanza, la alegría, el amor o la irritación se manifiestan en la mente. En un caso como en el otro, el hecho se ha producido sin que hayamos tenido parte en ello. Un conjunto de fenómenos regidos por un estricto determinismo engendra el estado del cielo. Otro conjunto de fenómenos regidos igualmente por un estricto determinismo, provoca los estados de la mente. En ninguno de los dos casos tomamos parte. Estos fenómenos se han producido sin que nada ni nadie nos haya pedido nuestro permiso. Son espectáculos que permanecen exteriores a nosotros mismos y que no nos pertenecen.

Hay mañanas en las que la mente se siente feliz, otras en las que se siente triste. Esto es lo que constatamos. Pero si permanecemos como un testigo pasivo, si no nos identificamos con los contenidos de la mente, éstos pierden toda su fuerza. Permaneciendo espectador les dejamos sin energía. Un sentimiento privado de energía no puede trastornarnos. Así, poco a poco, adquiriendo cada vez mayor independencia de nuestros sentimientos, el alba de la serenidad amanecerá para nosotros.

Distánciate de los sentimientos. No te dejes engañar, arrastrar, cautivar por ellos.

No rechaces su expresión, pero no te identifiques con ella. Lo negativo desaparecerá cuando la toma de consciencia sea lo suficientemente intensa que impida su manifestación.

No somos los sentimientos, somos el que los percibe. Permanecer el espectador imparcial de nuestra vida sentimental, tal es el objetivo. Observa los caprichos, las excitaciones y las decepciones con una cierta frialdad. No lo olvides, distánciate de los sentimientos.

Vuélvete independiente. Comprende que los sentimientos no son en definitiva más que elementos de la vida psíquica que percibes. Contempla el espectáculo de esta vida mental y permanece consciente de ser el espectador. Aquel que se identifica con el héroe de la película vive las emociones del actor, se siente angustiado o feliz con él. Ésta es una actitud muy infantil, pero no tiene importancia pues la película dura muy poco tiempo. Identificarse con el hombre que siente en esta vida es mucho más grave. Esto va a significar estar prisionero del dolor, de esperanzas, deseos, impaciencia, enfados... mientras dure esta vida encarnada. Quien sea esclavo de las pasiones durante la vida encarnada, lo seguirá siendo en la vida desencarnada.

Debido a nuestra identificación con las emociones, sentimientos y pasiones humanas, ignoramos lo que realmente somos. La personalidad humana es una máscara que, como en los actores de teatro antiguo, disimula nuestro verdadero rostro. Estamos tan cautivados por el espectáculo de la existencia humana, que un profundo olvido esconde nuestra verdadera naturaleza; la Consciencia espectadora, tranquilamente instalada en la bienaventurada eternidad.