LA VIGILANCIA

La distinción entre la vigilancia y la concentración es de la más alta importancia. Cuando no se hace tal distinción en la práctica cotidiana, el Sendero corre el peligro de cerrarse irremediablemente.

Querer concentrarse constantemente en la Transcendencia llegaría a ser rápidamente un acto artificial, sucio, sin gusto. Engendraría una lucha que nos consumiría. Nuestra atención sería atraída por las cosas del mundo sin cesar, y sin cesar sería preciso retirarla de las cosas sensibles para fijarla en la Transcendencia. Tal disciplina sería vivida como una coacción terrible y desecante. Como una mortificación y un sufrimiento humanos.

Tal concentración constituye de hecho un rechazo radical del mundo. En ello hay una actitud de huida. El mundo se hace un lugar de tinieblas del cual busco evadirme desesperadamente. Tal huida vuelve la espalda a una total aceptación de lo que Es.

Hemos dicho que era preciso estar atento a las actuaciones del hombre, que era preciso estar presente en sí mismo, y que en esta atención el trasfondo de la Conciencia Testigo que percibe al hombre y al mundo se desprendería. Sin embargo si usted cree que esta atención es una concentración, usted no descubrirá la Conciencia Testigo.

Aquel que querría utilizar la concentración en el hombre y en el mundo exterior para instaurar el Despertar en su vida cotidiana, estaría obligado a realizar un esfuerzo constante. Cuanto más constante este esfuerzo, más contrariado sería sin cesar por los fenómenos y las circunstancias. Estando concentrado en el cuerpo físico, sería distraído por el surgimiento de un pensamiento. Estando concentrado sobre los pensamientos, sería distraído por la aparición de una sensación corporal. Estando concentrado en el hombre en su conjunto el mundo le distraería, estando concentrado en un elemento del mundo exterior, otro elemento del mundo o bien del hombre mismo le molestaría.

Llegamos pues a la conclusión siguiente: el Despertar no resulta ni de una concentración en la Transcendencia, ni de una concentración en el mundo exterior, ni de una concentración en el cuerpo o en el mental del hombre.

Ello es así pues el Despertar no resulta de una concentración sino de un estado de vigilancia.

La distinción entre la concentración y la vigilancia es la siguiente: en la concentración, la atención se agrupa sobre un punto preciso con exclusión de otros tipos de percepción. Por el contrario, la vigilancia es una atención abierta, en la cual usted es el espectador de todas las categorías de percepción interna o externa.

En la concentración, una dualidad entre usted y el objeto de su concentración se mantiene. Está el objeto sobre el cual usted se concentra y que usted siente como distinto de sí mismo; además está usted mismo que se interesa con una atención sostenida y exclusiva en este objeto. En este proceso, el ego permanece, y es él quien realiza el esfuerzo de concentración.

En la vigilancia no hay esta dualidad. Pues es precisamente sobre la noción de dualidad, que separa y aísla al yo individual del resto, que se funda el ego. En la vigilancia hay fenómenos psicológicos y sensoriales que son percibidos, y hay la conciencia que está atenta a todos los fenómenos sin discriminación. Entre la conciencia que percibe y los fenómenos, no hay nada, no hay ningún proceso mental buscando captar tal tipo de fenómeno, y escapar de otro tipo de fenómeno. En esto consiste la desaparición del ego.

En la concentración hay implícitamente un deseo de posesión, un anhelo, una tentativa de captar al objeto de la concentración.

Por el contrario, la vigilancia es una actitud no posesiva. Es una actitud que no anhela ni rechaza nada. En ella hay una aceptación de todo lo que Es.

Cuando estáis vigilante y atento a lo que se percibe interna o externamente, os volvéis naturalmente la Conciencia Testigo y cesáis de estar implicados en lo percibido. Cuando usted permanece vigilante, simplemente vigilante, sin concentración sobre cualquier cosa, y sin rechazo de ningún tipo de percepción sensorial o psicológica, usted permanece atento, aceptado todo lo que es percibido, sin aferrarse a esto o aquello, y sin rechazar nada. Las experiencia vividas por el hombre no dejan la menor huella interior.

Es el fin del karma. Es el fin del incesante condicionamiento ejercido sobre el hombre por la vida cotidiana. De esta manera se crea nuestro destino, nuestro futuro, lo que se imprime en el psiquismo y condiciona el futuro, son las constantes atracciones y rechazos del ego. En la concentración, una impresión se marca profundamente en el psiquismo. Cuanto más intensa es la concentración, más profunda es esta marca. La concentración es un medio para condicionar voluntariamente el psiquismo, en este trámite el ego no desaparece. Permanece poderoso, es él quien hace el esfuerzo de concentración y quien se interesa intensamente en el objeto de la concentración.

Debemos constatar hasta qué punto, la diligencia de los que cultivan eso que se llama el pensamiento positivo, o el pensamiento creativo, es diferente de la investigación de la vigilancia. El pensamiento positivo que tiene por objetivo modificar el destino en la dirección de nuestros deseos consiste en concentrarse en la representación de lo que se desea ver realizado. Este tipo de concentración que hace llamar a la potencia creativa del pensamiento es absolutamente pasional. Se busca obtener una buena salud, el éxito social, etc. Esto da lugar a un refuerzo del ego. El pensamiento está concentrado sin cesar, y tiende sin cesar hacia la concretización de nuestros deseos, la negación de nuestros temores.

En la vigilancia se retira el velo pasional. No hay más deseos, más preferencias. La conciencia del hombre vigilante es un espacio virgen sobre el cual desfilan los fenómenos, y en el cual nada se incrusta. Se obtiene una libertad interior frente a los fenómenos.

Un aspecto fundamental de la vigilancia reside en la noción de tranquilidad. No se puede estar vigilante si no se está totalmente distendido.

En la vigilancia, uno no se proyecta sobre los objetos de percepción. De esta manera, no se contrae físicamente, emocionalmente o mentalmente.

La existencia humana es atravesada sin cesar por múltiples tensiones. Existen las tensiones dirigidas hacia esto o aquello cuando existe el deseo. Existen las tensiones que resisten a esto o aquello cuando existe el rechazo. Comprended claramente que en la vigilancia toda tensión desaparece. Aceptáis lo que Es, de instante en instante, conservando una atención lúcida y desprendida frente a todas las categorías de percepción.

La tensión física es la tensión que más fácilmente es perceptible y controlable, debido a la interdependencia entre el cuerpo y el psiquismo toda tensión mental o emocional repercute en el cuerpo. He aquí porqué se debe prestar gran atención a esta forma de tensión para progresar en el camino de la vigilancia. En las frecuentes tomas de conciencia cotidiana, tomad conciencia de vuestro cuerpo. Pasando revista a sus diferentes partes y mirad si hay tensiones inútiles. Tensiones que no son necesarias para el cumplimiento de vuestra actividad. La cara, la espalda, los brazos, las manos, el vientre, las fosas nasales, las otras partes del cuerpo, ¿están inútilmente crispadas?.

Constatad la relación que existe entre la vigilancia interior y la relajación del cuerpo. Toda actitud de vigilancia engendra una distensión a nivel del cuerpo, y toda distensión corporal favorece el cumplimiento de la vigilancia.

Aprender a vivir con vigilancia es aprender a vivir de una manera físicamente relajada. Observad las múltiples contracciones y crispaciones inútiles en una actividad muscular normal; y recordad que si existe tensión interna o externa, el ego está presente. El ego se aferra a los fenómenos agradables, rechaza los desagradables, y esto crea una tensión. Cuando todo es aceptado en una serena vigilancia existe distensión. Una distensión profunda y total, vivido como un contentamiento perfecto dentro de la existencia.

Por la vigilancia, liberarse de las tensiones mentales, emocionales y físicas, es conocer una forma especial de dicha. En la vigilancia está la distensión: “estáis verdaderamente bien en vuestra piel”. “Cada día es un buen día”. “Cada instante es una perla preciosa”. Sabedlo: si vuestra vida está crispada, angustiada, gris, empañada, sombría, usted no conoce el Despertar, usted no conoce la vigilancia, usted no conoce la distensión.

El gozo y la distensión son signos y consecuencias fundamentales del Despertar. Cuando faltan, la práctica es errónea.

Es solamente dentro de la vigilancia y de la distensión cuando la vida humana se vuelve un juego. Nada es verdaderamente serio cuando se está perfectamente distendido. En la vigilancia, lo que se ha convenido en llamar las vicisitudes de la vida humana se integran en una visión del mundo que permanece lúdica.

Para alcanzar la perfección en el cumplimiento de nuestras actividades, es preciso unir la distensión y la vigilancia. Toda crispación física o mental es un error. Trabajad en la distensión y la vigilancia. Vivid en la distensión y la vigilancia.

Comprended que toda tensión y toda crispación os liga a la cosa cumplida y limita vuestras capacidades.

La conciencia del profano está absorbida sin cesar por lo que percibe. Constantemente desaparece en estas percepciones. Dentro de este olvido de sí mismo, los fenómenos de atracción y repulsión que engendran tensiones, reinan como señores. Por su vigilancia el adepto va más allá de los contrarios. No es que se hayan abolido los contrarios, sino que observa con vigilancia los fenómenos de atracción y repulsión que se pueden producir en el hombre.

La concentración no hace más que encerrar nuestra atención en lo que se percibe; sólo la vigilancia que es una atención abierta y no selectiva nos sitúa en la posición del Testigo en relación con lo que es percibido.

Si hay concentración, es el ego quien hace el esfuerzo de concentración. Por el contrario la vigilancia os conduce directamente al estado sin ego.

Permaneciendo vigilante frente a los seres y a las cosas, usted se vuelve intensamente consciente de lo que percibe.

Vosotros sois la pura Conciencia que percibe. El ego se disuelve. No hay nadie para juzgar lo que se percibe, para sentirse distinto y separado de él, para querer aferrarse. Es un estado de unión y de no dualidad con lo percibido. En este estado que es perfecta comprensión y perfecta aceptación, hay Amor.

En la vigilancia, usted se vuelve el Testigo del mundo exterior y del mundo interior. Usted no da preferencia a ninguna dirección de la atención. Usted no busca ya estar más particularmente consciente del mundo exterior o más particularmente consciente del mundo interior. Se vuelve centrado en usted mismo en una inmovilidad atenta. Esta inmovilidad es de la Conciencia que percibe. Delante de esta conciencia desfilan las percepciones psicológicas que constituyen el mundo interior y las percepciones sensoriales que constituyen el mundo exterior.

Observando así los dos mundos, interior y exterior, usted percibe claramente su interrelación. Usted ve la influencia del exterior sobre el interior. Usted constata la manera en que la interioridad colorea e interpreta la exterioridad. Para usted, el Testigo vigilante, exterioridad e interioridad terminan por formar parte del mismo tejido de percepción. Es la trama fenomenal que serenamente se contempla.

Toda concentración es un estrechamiento del campo de percepción. En la vigilancia usted debe, por el contrario, estar abierto tan ampliamente como sea posible a todas las percepciones sensoriales o psicológicas que puedan surgir. Usted permanece atento, sin elección, sin censura, sin preferencia hacia lo que surge. Usted conserva en todo instante una visión de conjunto de la situación existencial.

El hombre debe continuar realizando elecciones, haciendo proyectos, pero en vuestra vigilancia, sois el Testigo imparcial de las elecciones y de los proyectos. Miráis constantemente el vivir del hombre, y miráis el mundo en el que este hombre vive.

Todo esfuerzo se sitúa en el nivel de los fenómenos. Todo esfuerzo engendra una serie de causa a efecto. Todo esfuerzo se integra en el río del devenir. Es por lo que ningún esfuerzo, de la naturaleza que sea, tiene la capacidad de liberar del mundo de los fenómenos, de la prisión temporal. Es pues fundamental que se comprenda que la vigilancia es un no esfuerzo.

El único esfuerzo que se tiene que hacer es el de recordar dentro de la actividad, la necesidad de la vigilancia. En cuanto a la vigilancia misma, se instaura por un no esfuerzo, un no hacer, un no deseo, una cesación de la implicación en lo percibido, el fin de un movimiento de adhesión a lo vivido, el fin de un rechazo o de una huida, una pasividad interior atenta. En la vigilancia dejamos nuestro espíritu en su estado natural. Cesamos de revestirlo con los objetos de la percepción. Cuando el espíritu permanece en su estado natural se instala en la posición del Testigo. Esta actitud, cuando se haga habitual, será la más simple de todas. Es el espíritu del profano el que es complicado, el espíritu del sabio es la simplicidad misma.

La vigilancia conduce a permanecer enraizado en sí mismo en el vacío y el silencio de nuestra conciencia, y a partir de allí a permanecer Despierto, abierto a todo lo que Es, a percibir sin eliminar, sin rechazar, sin deformar, sin elegir, sin aferrarse a esto o aquello.

Por la vigilancia, cuando es constante, perfecta y profunda, realizáis el estado supremo de la Liberación de todas las condiciones de existencia. Os volvéis un ser liberado en esta vida. No hay nada que buscar más allá de este estado.

En la vigilancia, estáis atentos frente al mundo y al hombre, pero vuestra atención en lugar de perderos y de absorberos en lo que percibís, os conduce sin cesar hacia el centro de vosotros mismos, hacia el silencio de la Conciencia Testigo.

En la vigilancia aceptamos las cosas tal como son. Ningún elemento de la realidad percibido nos molesta. Le dejamos estar allí, en su lugar. Aceptamos los fenómenos, les dejamos manifestarse sin resistencia. Nosotros no queremos nada y no rechazamos nada. De ello resulta la Paz más alta.

La identificación con el hombre es la consecuencia de estar absorbido completamente por la experiencia del vivir y por la ausencia de la conciencia de sí. Es en el: “conócete a ti mismo” donde se encuentra la Realización espiritual, pues el que se conoce a sí mismo, y mantiene ese conocimiento en todas las actividades, ya no es absorbido por lo vivido. Permanece como espectador atento y desapegado, centro de él mismo. La desidentificación puede ser al principio del camino, el fruto de un esfuerzo, el fruto de un razonamiento analítico. Ese proceso puede ser necesario para llegar a sentir el Testigo. Pero desde que se progresa, el esfuerzo de desidentificación debe desaparecer, en beneficio de una desidentificación espontánea e implícita, que no es la resultante de un esfuerzo, sino la consecuencia espontánea de la vigilancia. Sabedlo, cuando estáis en estado de vigilancia estáis automáticamente desidentificado. Sin tener nada que hacer para ello, sin razonamiento particular, sin gestión intelectual. En la vigilancia, constatáis vuestra desidentificación con el hombre que usted percibe. Es una evidencia vivida.

Cuando se ha comprendido la experiencia de la vigilancia, cuando se instala en nuestra vida, ya no hay nada que hacer. No hay nada que buscar. La única cosa que cuenta y que es la única cosa necesaria, es continuar volviéndose más frecuente y profundamente vigilante. Todos los esfuerzos espirituales deben ser abandonados. Se trata de permanecer constantemente en el estado de no esfuerzo atento que es el propio de la vigilancia.

En este estado, usted puede tropezar con una resistencia del ego. El ego se alimenta de la espiritualidad como se alimenta de toda cosa, y quiere continuar haciendo esfuerzos espirituales. Quiere leer otros libros sobre la espiritualidad, practicar técnicas y disciplinas, hacer esto o aquello. Pues en verdad cuando se sabe lo que es la vigilancia, no hay más esfuerzo que hacer, más libros que leer, más técnicas o disciplinas espirituales necesarias.

La única cosa que se requiere es el constante recuerdo de la exigencia de la vigilancia. Pero esto no le gusta al ego pues se nutre de los esfuerzos y la vigilancia es un no esfuerzo. Así, usted puede constatar que el ego, quiere continuar cultivando una falsa espiritualidad hecha de esfuerzos.

El ego debe soltar presa. El ego está lleno de deseo, y a este respecto, los deseos espirituales no son menos esclavizantes que los otros. El ego quiere obtener esto y evitar aquello. El ego quiere esforzarse en alcanzar. El ego quiere realizarse espiritualmente. Todo esto se debe acabar. Mientras que la vigilancia es una total aceptación de lo que existe en el momento presente, la falsa espiritualidad está atravesada por el oscuro deseo de alcanzar otra cosa.

Por la vigilancia usted debe cesar de estar en una actitud de huida, y adoptar una actitud de aceptación. Pues la total aceptación de lo que existe es el fin de los deseos erróneos del ego.

Por la vigilancia tomad el hábito de dejar al hombre cumplir la acción sin esfuerzo interior, sin crispación inútil. Dejarle cumplir la acción como una respuesta espontánea, de instante en instante, a las situaciones de la existencia. Dejarle actuar bajo la luz de vuestra toma de conciencia, mientras que en el interior permanecéis en la paz y el silencio, sintiendo de forma profunda que sólo el hombre actúa, mientras que vosotros, la conciencia observadora, permanecéis no actuante.

El hombre debe continuar actuando de forma tan eficaz como le sea posible, dejándose guiar por la conciencia moral. El hombre debe continuar haciendo proyectos y actuando con el propósito de cumplir estos proyectos. Pero vosotros que permanecéis como el observador silencioso, vosotros no estáis ya implicados emocionalmente en el éxito o el fracaso de los proyectos, y de las actividades humanas. Vosotros constatáis el éxito o el fracaso del hombre, con la misma neutralidad e indiferencia atenta.

Por la vigilancia, vuestro ego se va a disolver, y esta disolución del ego es una gran liberación para el hombre mismo. El ego lleva ficticiamente el peso del mundo sobre sus espaldas. Está lleno de preocupaciones, temores, de angustias y deseos. Cuando la conciencia se instala en la apacible posición de un espectador atento, el fardo del mundo desaparece. La enfermedad, la prisión, la muerte o el sufrimiento son espectáculos que miramos con igual vigilancia. Ya no hay temor, dejamos de huir, lo que resulta una gran paz, una gran distensión.

Querer dar forma a su existencia es una responsabilidad terrible. Lucháis contra los obstáculos, lucháis contra el destino, lucháis contra la adversidad. Por la vigilancia se sabe que la existencia se da gratuitamente, se acepta todo lo que viene y ya no se busca algo particular. Cada día se cumple lo que se debe hacer, y con la misma tranquilidad se ven cumplirse ciertas cosas y otras no se realizan. Se observan surgir nuevos e imprevistos elementos en vuestra vida. Esta actitud da lugar a una sensación de libertad cotidiana.

Cuando el ego se ha disuelto, uno ya no se identifica con la manifestación humana. Interiormente se es distinto y libre hacia las acciones realizadas, palabras pronunciadas, pensamientos emitidos.

Cada día lo que es necesario hacer es claro para el hombre, que de esta forma es llevado y arrastrado por la corriente de su predestinación individual. No hay ninguna preocupación que tener, todo lo que debe hacerse se hará a su tiempo. Permaneced simplemente en vuestro no actuar interior, y mirad al hombre actuar con compasión y divertimento.

Vivir en la vigilancia es vivir con los ojos maravillados de un niño. Constatáis que cada instante es único. Todo lo que constituye el instante toma una agudeza, una densidad, una intensidad inexpresable. Lo percibido se vuelve luminoso. Ya no hay más actos vacíos, más momentos insignificantes. Todo tiene el gusto de la Eternidad.

Cuando el instante es vivido con una vigilancia perfecta, se siente una plenitud total. Plenitud en la cual no hay nada más que desear en el futuro. Todo está allí, en el instante que pasa. Desde que la vigilancia se instala,  ya no hay más fastidio, más cosas desagradables que hacer, ni molestias, ni impaciencias. La desaparición de estos síntomas es un signo muy claro, indicando que se introduce correctamente la vigilancia en la vida.

Constatad por vosotros mismos la realidad de lo que decimos. Si estáis enfadados ser conscientes de los pensamientos, sonidos, movimientos, colores, sensaciones que percibe. Volveros vigilantes y constatad que el enfado se va. Aburrirse es estar encerrado en un ego sombrío, que no encuentra ninguna satisfacción inmediata en lo vivido. Haced lo mismo cuando estéis impacientes, cuando realicéis un trabajo que os repugna. Cada vez constatad que si estáis atentos a la totalidad de lo percibido que llena el instante, el sentimiento negativo desaparece. Un humor negativo no es nada más que el hecho de encerrarse en la percepción intensa de la repetición de un pensamiento. Haciéndoos conscientes de la totalidad de lo percibido, el pensamiento negativo no es más que un fenómeno entre otros. Dejando de ser exclusivo pierde su fuerza, para después desaparecer.

Si sois tímidos, observad con vigilancia las manifestaciones de vuestra timidez. Hay que aceptar estas manifestaciones, no las rechacéis. Contentaos con mirarlas con atención apacible, y poco a poco desaparecerán. Esto se puede aplicar igualmente para la cólera y el mal humor. No hay que rechazar estas manifestaciones negativas. Rechazarlas es entrar en lucha con ellas. Hay que contentarse con una toma de conciencia, observarlas con vigilancia.

Introduciendo la vigilancia en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana se constata que rápidamente se posee la llave de una transformación integral del ser humano.

Sabed que existen varios grados de vigilancia, y que por vuestra práctica cotidiana, haréis cada vez más intensa y profunda la vigilancia.

Hay tres aspectos fundamentales que caracterizarán vuestro progreso en el sendero de la vigilancia. La frecuencia cotidiana de vuestros momentos de vigilancia. La duración de estos momentos, y la profundidad de vuestra vigilancia. Largo es el camino que conduce a una vigilancia profunda, y a la vez interrumpida. La virtud esencial es la perseverancia. Es necesario que la vigilancia sea cada vez más frecuente, larga y profunda. Al principio la vigilancia será débil. Usted no sentirá el silencio interior, la posición del Testigo, el no actuar más allá del hombre, pero es necesario perseverar. Se enfrentará con la visión clara de todos sus defectos, de su mediocridad. Hay que aceptar apaciblemente esto. Constatad que permaneciendo como observador atento de la negatividad humana, ésta desaparece, no de golpe, sino poco a poco. Esto es ya un gran resultado.

Hay que seguir perseverando, y poco a poco la profundidad llegará. Una profundidad en la que se constata lo que hemos dicho, y donde se tiene la experiencia de todo lo que es inexpresable.

Rechazar lo negativo por el pretexto de que el Despertar no es compatible con él, es un grave error que bloquea toda progresión, pues es preciso Despertarse también a lo negativo para llegar a liberarse. Despertarse hacia lo negativo quiere decir observar con vigilancia la producción de lo negativo.

Hay buscadores espirituales que creen poder evolucionar negando la realidad que les habita. No quieren ver lo negativo, lo rechazan profundamente. Para ellos la espiritualidad consiste en pasar por encima de todo esto. Para su concepción espiritual, entreteniéndose en buenos pensamientos, por un esfuerzo de abstracción, buscan disimular, esconder la negatividad que está en ellos. Es un gran error que se sitúa en las antípodas de la vigilancia y de la lucidez.

El error inverso consiste en ser consciente de la negatividad, complacerse con su percepción y descorazonarse por ello, creyendo que todo esfuerzo para emanciparse es inútil.

Hay que evitar las dos actitudes. No disimular, pero no hay que descorazonarse. Una observación atenta e impersonal. Eso es todo.

Supongamos que estáis angustiados. No imaginéis que el camino del Despertar supone el fin de vuestras angustias. El camino del Despertar pasará a través de vuestras angustias. Cuando estéis angustiados no penséis: “no estoy despierto pues estoy angustiado”. Al contrario, la angustia es una excelente ocasión para Despertaros. No rechacéis vuestra angustia. Aceptadla. Sed vigilantes. Pero no os concentréis en vuestra angustia. Vigilar su manifestación. Observadla atentamente. No os dejéis arrastrar por ella. Observad lúcidamente la naturaleza de este fenómeno mental. Volveros el Testigo de la angustia. No esperéis ningún resultado inmediato. Estad preparados para observar la angustia tanto tiempo y tan frecuentemente como se produzca.

No dude que si usted observa regularmente sus angustias en un estado de vigilancia desidentificada, que no se deja arrastrar pero que no rechaza lo que existe, vuestras angustias desaparecerán. Si usted tiene fantasmas, manías, fobias, haced lo mismo.

Cuando hay egoísmo, constatad que hay egoísmo. Cuando hay generosidad, constatad que hay generosidad. No hay que atribuirse ninguna virtud y ningún vicio. Vosotros sois el Testigo.

Frente a lo negativo, constatad el momento preciso en que se produce: “esto es un fenómeno de avaricia”. “Esto es un fenómeno de mal humor”. “Esto es un fenómeno de ira”. “Esto es un fenómeno de maldad”. “Esto es un fenómeno de falsedad”. “Esto es un fenómeno de cobardía”. Es el comienzo de la libertad y de la purificación. La observación imparcial y desidentificada de lo negativo, cuando es suficientemente repetida, destruye lo negativo. Lo negativo no soporta la luz de una conciencia intensa. Esto es lo que revela la experiencia.

Es preciso conocer lo negativo para poder vencerlo sin esfuerzo. Y sólo la observación vigilante de lo negativo puede dar un conocimiento real de lo negativo.

En todo instante se puede estar distraído, concentrado o vigilante.

Si estáis distraídos, estáis perdidos en vuestros pensamientos, ahogado en la mecánica del ego. Es el sueño espiritual.

Si estáis concentrados, sólo existe una cosa, el objeto sobre el cual se está concentrado. Estáis encerrados en él. Olvidado de vosotros mismos.

Si estáis vigilantes, vuestra atención es receptiva, abierta, acepta todo lo que llega. Paralelamente a esta atención a lo percibido estáis centrados en vosotros mismos. Uno se siente a la vez que percibe.

Es absolutamente necesario tener la experiencia de la distinción que existe entre la concentración y la vigilancia para trabajar de manera correcta.

Siéntese y escuche un disco con una atención concentrada. Procure no percibir más que la música. En seguida escuchad otro disco con una atención vigilante. En este caso escuchad la música, pero permaneced conscientes de vosotros mismos. El cuerpo está sentado, está la música, el conjunto de la habitación, el silencio de aquel que escucha. Comprended la diferencia. Si os concentráis hacéis un esfuerzo, todo lo que es extraño a la música os molesta, y os olvidáis de vosotros mismos. Si estáis vigilantes, no hacéis esfuerzo, estáis abierto a todo sin preferencia, y sois conscientes de vosotros mismos.

En la vigilancia nada os sorprende y nada os molesta. Si durante la audiencia de la música, un niño abre de pronto la puerta y entra gritando, en estado de vigilancia aceptáis este hecho con tranquilidad. Este hecho forma parte del espectáculo. Por el contrario en estado de concentración usted se sobresaltará y estará contrariado e irritado.

Comprended bien en qué consiste la vigilancia y seguidamente intentad permanecer vigilantes en cada instante de vuestra vida.

Toda la dificultad reside en esto: permaneced vigilantes en todo instante. Y no hablamos de forma alegórica. Literalmente es en cada instante que es preciso estar vigilantes. No decimos: “estad vigilantes en cada instante”, esperando que cada uno incorporará un poco de vigilancia a su vida. Sólo el que tiene por finalidad efectiva y por tentativa cotidiana estar vigilante en cada instante está verdaderamente comprometido en el Sendero iniciático. ¡Es una tarea enorme!. Y sin embargo conduce al no esfuerzo.

Sólo el que ha comprendido que esta práctica abarca la totalidad del camino espiritual es el que progresa en la vía de la investigación constante o del Despertar, y polariza todas sus fuerzas en alcanzar esta meta.

Vuestra vida no debe tener más que un objetivo: “estar vigilante”. Todo lo demás es secundario. La forma en que vivís, los acontecimientos que puedan sobrevenir, que se tenga buen o mal porte, que se sea rico o pobre, que haya guerra o paz, que estéis casado o soltero, que los que améis estén vivos o muertos. No debéis tener más que un objetivo: “en toda circunstancia permaneced vigilante”. No se puede hacer esto o aquello y después Despertarse. Es preciso primero Despertarse, y después, secundariamente, hacer esto o aquello.

Para realizarse espiritualmente, es necesario cultivar y obtener una verdadera obsesión por el Despertar. Sin embargo hay que comprender que el Despertar o la vigilancia no es una idea obsesiva. La obsesión reside en el deseo de estar Despierto y en el recuerdo del Despertar. Sólo cuando se está obsesionado por la necesidad del Despertar durante cada día uno se recuerda: “debo estar vigilante”. Sin embargo, y es allí donde esta obsesión se distingue radicalmente de las obsesiones patológicas que conoce la psicología, cada vez que os acordáis de la necesidad del Despertar, no pensaréis en el Despertar, sino que instauraréis un estado de vigilancia. En este estado, toda obsesión mental cesa. Ningún pensamiento particular es cultivado, puesto que se trata de una atención a lo que se manifiesta espontáneamente. La obsesión es pues requerida para acordarse del Despertar. Es ella la que sin cesar os conducirá al Despertar. Pero desde que ella os ha recordado el Despertar, que no dura más que un instante, desaparece para dejar sitio a la vigilancia.

En esta investigación ardiente, constante y obsesionada por el Despertar, que es una condición indispensable para la Realización, un obstáculo puede surgir: podéis cultivar una vigilancia artificial que sea el fruto de un esfuerzo. No olvidéis jamás este criterio fundamental: “la verdadera vigilancia se acompaña de una distensión física y mental. Si el hecho de Despertaros os pide un esfuerzo, una crispación, una tensión, si esto engendra una fatiga, una concentración, vosotros no estáis en el Despertar”.

La distensión física y mental, el gozo, el dinamismo, la ligereza interior, son los primeros signos del Despertar. Observaros. Descartad todo esfuerzo. Toda tensión física o mental. Estad abiertos, alertas, distendidos, dichosos.

No hay que humillar al hombre. Hay que dejarle actuar, pensar y expresarse libremente. No hay que cultivar una actitud artificial. Contentaros con observad con vigilancia lo que ocurre.

Sin cesar, usted se olvidará de la vigilancia, y sin cesar será preciso recordarla. El único esfuerzo a realizar, se sitúa en el recuerdo, y todavía no es verdaderamente un esfuerzo, más bien el hecho de estar totalmente impregnado de la necesidad de la vigilancia. Desde que la vigilancia se instala, se da el no esfuerzo. El no actuar interior. Relajad vuestro cuerpo. Relajad vuestro espíritu. La vida es bella para quien sabe ver. Soltad presa. Abandonad el fardo de vuestras tensiones internas. No importa lo que ocurrirá en el futuro. Cualquier cosa que sea, será bienvenida. Abandonad todas las preocupaciones. No tenéis destino. Estáis fuera del tiempo. Sois el espectador inmóvil y silencioso. Sois libres.

Cuando uno constata que no está en el Despertar, observe vuestro estado de no Despertar. No se revuelva. No se desespere. Eso sería una tensión que os alejaría de la vigilancia. Aceptad lo que Es. Hay ausencia de Despertar, mirad con vigilancia en qué consiste esta ausencia de Despertar. Mirad atentamente la naturaleza de lo que os ha alejado del Despertar. Permaneced simplemente vigilantes y atentos frente al no Despertar. Al hacer esto, el no Despertar deja de ser un sueño, y se transforma en Despertar.

Desde este momento, instalad la vigilancia: si estáis sentados, sed conscientes de estar sentados. Sed conscientes de los pensamientos que surgen. Sed conscientes de los sonidos. Sed conscientes de la habitación en la que os encontráis. Sed conscientes de vosotros mismos. No busquéis captar simultáneamente el máximo de cosas y de percepciones. Eso sería también una tensión y un esfuerzo. Dejad naturalmente venir las percepciones internas o externas.

He aquí un pensamiento, Y en seguida un sonido. Después una sensación. Todo esto desfila delante de mí que soy el espectador. Hay un conjunto de fenómenos que se deslizan tranquilamente delante de mí.

Me levanto. Otros fenómenos surgen. Cambio de habitación. Otros fenómenos aparecen. Voy al trabajo. Otros fenómenos se manifiestan. Hablo. Otros fenómenos se imponen. Y durante ese tiempo allí o fuera del tiempo, yo soy el espectador. Lo que yo hago, no es más que un reflejo de mí mismo, reflejándose en los fenómenos, mientras que yo permanezco en mi transcendencia inactiva. Todo el secreto reside en la abolición de las preferencias. La preferencia es la raíz del deseo. La raíz del ego. La raíz de la esclavitud.

Hay que estar atento y vigilante cuando el gozo se manifiesta. No hay que aferrarse a ello. No hay que rechazarlo. Hay que estar atento y vigilante cuando el sufrimiento se manifiesta. No hay que desearlo. No hay que rechazarlo. No dar preferencia al gozo sobre el sufrimiento o al sufrimiento sobre el gozo. Instaurad para los dos la misma vigilancia. Por medio de esta vigilancia seréis el espectador eterno.

Actuad así frente a todas las parejas de contrarios: el gozo, la tristeza, el éxito, el fracaso. La fatiga, la energía. El reencuentro, la separación, etc.

En todo momento, mantened la vigilancia idéntica y seréis libre.

El hombre debe continuar viviendo normalmente. Busca evitar el sufrimiento. Es normal. Trabaja intentando tener éxito. Es natural. Pero esto no os concierne. No es más que el espectáculo que miráis con imparcialidad.

La única cosa que cuenta es estar vigilante de cara a las actuaciones del hombre, frente a sus reacciones a las circunstancias, y frente a los acontecimientos. Cuanto más atento esté usted, más sabrá que no le concierne. En todo instante permanecéis en vuestra eternidad silenciosa y dichosa. No hay nada más que añadir.