SENTIMIENTO DE EXISTIR

¿Qué soy yo, aparte de mis sensaciones corporales y percepciones, de mis sentimientos y pensamientos?.

Debo responder a esta pregunta, y no por medio de una teoría filosófica cualquiera, sino accediendo a una percepción interior reveladora.

Puedo sentirme existir como un cuerpo. Un cuerpo fatigado o relajado, un cuerpo torturado por el hambre o excitado por el deseo sexual, un cuerpo tembloroso de miedo, etc. Sintiéndome existir como un cuerpo, fijo momentáneamente la percepción del yo al nivel corporal.

Puedo sentirme existir como un complejo psíquico. El cuerpo queda olvidado, siendo mi atención acaparada por la intensidad de mi vida psicológica. Y yo me siento ser un hombre que sufre por una pena de amor, un hombre que piensa, que espera. En ese caso, la percepción del yo, se encuentra momentáneamente fijada al nivel de la psiquis, sobrepasando el nivel corporal.

¿Puedo ir más lejos?. Debemos ir, si queremos alcanzar la transcendencia.

Los niveles psíquicos y físicos constituyen la realidad del hombre encarnado. El nivel exclusivamente psíquico constituye la realidad del hombre desencarnado. Pero todo esto se sitúa en lo temporal, pero lo intemporal comienza más allá.

¿Qué soy yo más allá de los niveles físicos y psíquicos?.

Sé por experiencia que puedo sentir que existo en esos dos niveles, pero necesito aprender a sentir que existo en un nivel superior. Esta es la tarea iniciática.

Comprendiendo que mis percepciones y mis pensamientos son simples fenómenos que atraviesan  el campo de mi consciencia y que por lo tanto no pueden ser yo, pues evidentemente yo soy el que percibe la existencia de los fenómenos en cuestión. Comprendiendo esto y viviendo interiormente esta comprensión, dirijo mi atención sobre lo que se encuentra detrás de las percepciones, las sensaciones y los pensamientos que, en este mismo instante pueblan mi consciencia. Y al hacer esto trato de saber qué soy yo más allá de los fenómenos que son percibidos o producidos por la mente.

¿Soy yo la mente?. No, pues la mente no es otra cosa que el conjunto actual y virtual de los fenómenos objetivos y subjetivos que son percibidos por mí.

Yo percibo el mundo, y percibo el mundo a través de un hombre, la cuestión está en saber quién percibe al hombre.

Tomarse por un hombre, tomarse por el instrumento que percibe el mundo, es el error clásico. ¿Pero a beneficio de quién existe dicho instrumento?.

El hecho de que yo pueda contemplar todo lo que compone al hombre, me prueba que yo no soy este hombre.

¿Qué soy yo?, o en otras palabras, qué hay detrás de mis pensamientos, de mis sensaciones, de mis sentimientos.

No hay nada determinable, pues toda determinación sería producto o percepción de la mente.

No hay nada determinable, pero hay algo comprobable.

Está el hecho de Ser.

Si hago abstracción de las percepciones, de las sensaciones, de los sentimientos y de los pensamientos, me queda el hecho de existir.

Y de esta forma, descubro que también me puedo sentir existir detrás de todo pensamiento, sensación o sentimiento, habiendo fijación del yo al nivel ontológico, superando los niveles físicos y psíquicos. Y me siento ser algo inmaterial, ligero, silencioso, inmóvil e indescriptible.

Sintiéndome Eso, sé que el nacimiento y la muerte son fenómenos que se sitúan a los niveles físicos y psíquicos.

Sintiéndome ser Así, sé que soy eterno, pues el tiempo no es sino una mera percepción de la mente.

Me percibo como una realidad impalpable, virgen de toda huella de personalidad. La personalidad es una combinación física y psíquica.

Tal y como soy lo he sido siempre, y seguiré siéndolo. Más allá de la vida y la muerte. Más allá de la aparición y desaparición del universo.

La percepción de mi existencia a nivel ontológico puede al principio no ser más que una percepción. Pero su refuerzo progresivo terminará por hacerse comprender todo esto. No de forma especulativa, sino como una evidencia perceptiva, tan fuerte como la presencia del Sol en el mundo material.

Repitámoslo, lo que importa es sentir lo que hay detrás de la mente, y entrar en esta percepción hasta la inmersión completa.

Habiendo realizado esto, comprendo los mecanismos de la existencia: está ante todo el hecho de ser, después el mundo psíquico, y por fin el mundo físico. Tres círculos concéntricos, el círculo ontológico se encuentra en el centro y el físico en la periferia.

Reintegrar el nivel ontológico, es volver a encontrar la ausencia de cambio y contingencia, que precede todo y es anterior a todo.

En mí mismo debo percibir que ante todo está el hecho de existir, y que dentro de esta existencia, aparecen secundariamente, los fenómenos subjetivos y objetivos.

Si mi sentimiento de existencia se sitúa en la trama de los fenómenos subjetivos y objetivos que percibo, estoy aprisionado en el interior de las contingencias que rigen dichos fenómenos.

Pero si mi sentimiento de existencia se sitúa en el puro hecho de ser, ya no hay para mí ninguna contingencia posible, quedando desde entonces liberado de la prisión de lo temporal. Lo temporal no es despreciado, ni abolido. Se percibe como antes, pero esta percepción ya no es alienante para mi percepción de la existencia.

El recorrido interior que acabamos de hacer es un recorrido consciente. Pero el hecho de Ser, ¿está limitado por esta consciencia?. Ciertamente no. La consciencia de la que ahora hago la experiencia, concierne a la individualidad humana. Ella es la que es consciente o inconsciente. El hecho de Ser es totalmente independiente de la consciencia individual. Tenemos la prueba de ello cada vez que nos sumergimos en el sueño profundo desprovisto de sueños. Este sueño es una inconsciencia para la individualidad, sin embargo al despertar sabemos que no hemos dejado de existir mientras dormíamos.

Llevemos la atención a lo que ha sido un período de sueño profundo, y sentiremos que hay una presencia sin percepciones. En ese período se encuentra el puro hecho de Ser. Ya no hay yo. Ya no hay ni hombre, ni universo, sólo hay el hecho de Ser, vacío de contenido.

Lo que cesa en el sueño profundo y el desvanecimiento, es la individualidad. Pero la consciencia presente en nosotros existe en la eternidad independientemente de la individualidad, es decir, independientemente de la contracción que sufre la consciencia al acomodarse a las dimensiones de la percepción humana.

Despertarse es, al mismo tiempo que seguimos siendo una consciencia individualizada, dejar de limitar nuestras percepciones al contenido del mundo físico y psíquico. Es dejar de encerrar a la consciencia individual en las percepciones humanas. Es devenir consciente de nuestra verdadera esencia. Es permitir a la focalización de la consciencia del Ser presente en el hombre, percibir al Ser mismo. Es percibir lo que somos.

Si mi sentimiento de existencia se sitúa al nivel del Ser, la consciencia o la inconsciencia del hombre ya no me conciernen. Se trata simplemente de la presencia o de la ausencia de percepciones físicas o psíquicas. Pero cuando sé que existo independientemente de toda percepción, mi sentimiento de existencia no depende ya de las percepciones. Existía antes del nacimiento del hombre, y existo en el sueño profundo. Existo desde toda la eternidad. Conocer esto es conocer la Paz y la Beatitud.