YO PROFUNDO

Si podemos observar las sensaciones, los sentimientos y los pensamientos, es porque son exteriores a nosotros mismos. En la observación son para nosotros el objeto mismo de la observación. Si son objeto de observación no pueden ser nosotros mismos, ya que nosotros somos el sujeto que los observa. La búsqueda introspectiva nos hace descubrir que nosotros no somos ni el pensamiento, ni los sentimientos, ni el cuerpo, ni las sensaciones que éste experimenta. Nuestra verdadera naturaleza se encuentra detrás, está subyacente a este conjunto de fenómenos que constituyen la personalidad humana.

Si eliminamos el pensamiento, los sentimientos y las sensaciones, ¿qué es lo que queda?. Queda el “Yo”. Cuando nos sentimos existir detrás de las sensaciones, los sentimientos y el pensamiento, no nos hundimos en la inconsciencia. Al contrario, estamos en estado de extrema vigilancia, y en esta vigilancia tenemos consciencia de existir. Esta consciencia de Ser, es la raíz del “yo”. Esta consciencia de existir está vacía de todo contenido, ya que todo contenido es una sensación, un sentimiento o un pensamiento. Esta consciencia vacía de todo, esta pura consciencia, es nuestra verdadera naturaleza, nuestro ser real, por oposición a nuestra personalidad que constituye nuestro ser aparente. Así, a la pregunta:  ¿Quién soy yo?, deberemos responder después de este análisis: Soy consciencia pura.

Por un lado está el yo superficial que está compuesto por el conjunto de sensaciones, sentimientos y pensamientos; y más allá, el yo profundo, que es pura consciencia. El yo superficial esconde, oculta al yo profundo, siendo esta la causa de la identificación con la personalidad humana. Para ellos el “yo” es la personalidad humana. Toda iniciación digna de este nombre debe desplazar el nivel del “yo”; de tal forma que el “yo” se sitúe al nivel del ser profundo.

Pensamientos, sentimientos y sensaciones, son percepciones que atraviesan el campo de la consciencia. Lo que permanece en movimiento perpetuo son las sensaciones, las percepciones. Lo que es inmutable es la consciencia. En la medida en la que identifiquemos nuestra consciencia de existir con las percepciones, nos encontraremos encadenado al devenir perpetuo, y por ello mismo, al sufrimiento. La impermanencia de las percepciones es constante, y las categorías de percepciones que son consideradas como agradables, están ineluctablemente llamadas a ser reemplazadas un día por otras percepciones consideradas por la personalidad humana como desagradables. Pero si dejamos de identificar nuestra consciencia de existir con las percepciones para identificarla con la pura consciencia vacía de contenidos, entonces ninguna pérdida, ninguna ganancia, ningún sufrimiento puede alcanzarnos. Nuestro yo superficial continuará ganando, perdiendo, sufriendo y gozando, pero nuestro yo profundo permanecerá sereno e inmutable. Así, al descubrir el yo profundo, nos emancipamos de las contingencias temporales.

No se trata de buscar la negación, la aniquilación o la mortificación de la personalidad humana. Debemos simplemente tomar consciencia de lo que se encuentra detrás. Esta toma de consciencia no presupone ninguna llamada a la voluntad. Basta con comprender por medio de una percepción interior directa, que todos los componentes de la personalidad constituyen nuestro “yo” superficial, impermanente y relativo, mientras que nuestro ser verdadero se encuentra en otra parte.

Supongamos que por una extraña aberración mental, un jinete se tomara por un centauro, considerando al caballo que monta como a una parte de sí mismo. Un día el jinete se despierta disipando su extraño sueño, dándose cuenta que él no es un centauro, sino un hombre. Pero el hecho de que se considere como un hombre no significa que debe deshacerse o despreciar al pobre caballo, tan bravo, tan noble y tan útil. Esto mismo nos sucede cuando accedemos al despertar interior. Entonces percibimos que nosotros no somos la personalidad humana, sino la pura consciencia que la habita. Desde ese momento es necesario dejar de tomarse por un hombre, y conocernos a nosotros mismos. Pero esto no debe ser una razón para destruir la armonía que debe existir entre la pura consciencia y la personalidad humana. Al contrario, esta armonía deberá reforzarse y la personalidad humana convertirse en el perfecto instrumento de acción, en el mundo material, de la consciencia inmaterial.

Por el momento debemos empezar por reflexionar. Reflexionar sobre las consecuencias que se desprenden de la práctica de la observación. Reflexionar sobre el hecho de que esta práctica nos permite independizarnos de los componentes de la personalidad. Reflexionar, es decir, darle vueltas y más vueltas en nuestro espíritu a todo lo que se ha dicho al respecto. Meditar sobre ello, hacer de esta meditación nuestra preocupación cotidiana, hasta que las verdades enunciadas se incrusten en nuestra vida. Es necesario que formen parte de ella, que modifiquen nuestra forma de ver las cosas. Solamente entonces podremos decir que han sido verdaderamente comprendidas.

Observa cada día tu cuerpo, tus pensamientos y tus sentimientos para de alguna forma distanciarte de ellos y percibir lo que se encuentra detrás. Una vez que hayas logrado esto, intensifica la toma de consciencia de lo que está más allá de la personalidad humana. No limites tu práctica a la observación del hombre. Ve más lejos. Sé consciente de tu verdadera, profunda, impalpable e impersonal Identidad, que permanece detrás de la personalidad humana.